Los usuarios de la matriz se organizan y protestan ante la guerra asimétrica. Descubren que para el gobierno de la web está permitido intervenir países, tumbar presidentes, financiar movimientos radicales, maltratar inmigrantes… pero no bajarse una canción en MP3.
Un proyecto de ley indica que usar una canción de Michael Jackson en un video de YouTube puede costar 5 años de cárcel. Matar a Michael Jackson apenas le costará 4 años de presidio a su doctor. En un contexto así, parte de la red se declaró en rebeldía.
Las discusiones sobre las leyes SOPA (Stop Online Piracy Action) y PIPA (Protect IP Act) no llegaron al Congreso pero sí desencadenaron en la red global apagones de páginas web, advertencias de especialistas en tecnología y más presión ciudadana. Incluso los community managers más vendedores de humo creyeron que el fin de Twitter y Facebook estaba cerca, con lo que tendrían que volver al espejismo de donde salieron.
El tema de la censura digital volvió a la palestra porque en esta ocasión no se trataba de sistemas de control totalitarios como China o Irán, sino un control férreo de contenidos de parte de industrias culturales sin banderas pero con logos y abogados. Las industrias viven su propia crisis de modelo económico y esperan que el estado libre la lucha por ellos. La SOPA fue congelada hasta febrero, pero es peor. La sopa fría sabe muy mal y la gente no se la traga. Clay Shirky declaró que las leyes no estaban diseñadas para diferenciar a la gente que comparte “legalmente” de la que lo hace “ilegalmente”. La batalla es básica: a las industrias culturales no les gusta que la gente comparta e intentarán que la web sea un espacio de meros consumidores. Es la lógica que les venía funcionando tradicionalmente.
Desde Venezuela, Daniel Pratt insiste en que la lucha también es psicológica. El discurso de la industria intenta culpar a los usuarios por hacer copias, así que se debe entender mejor que “compartir no es un delito”. Piratería es arrasar un pueblo, saquear, viajar en barco y usar un parche. Con la copia sólo hay dos exactos del mismo contenido. Nadie se roba nada. La lógica es otra.
El sueño de la web conversacional donde los usuarios generan contenido, vive su primera gran crisis en 2012. Pero a diferencia del episodio del cierre de Napster hace más de una década, esta vez hay masa crítica.
MUNICIONES DESCARGADAS
Durante los años 2010 y 2011 Internet demostró que su potencial social y político desbordaba a la vida pública y generaba cambios. Hitos como el de Wikileaks, la primavera árabe, los levantamientos de los indignados y las protestas de Anonymous fueron mostrando al colectivo digital que podríamos denominar la primera generación de infociudadanos.
Estos años demuestran que las dinámicas de participación ciudadana están atravesadas por la capacidad comunicacional y comunitaria que permiten las tecnologías. Son ya una variable fundamental aunque sólo 2 mil millones de seres humanos tengan acceso a Internet.
Sin embargo, esta semana ocurrió otro episodio. El gobierno de la matriz demostró que no hacen falta leyes cuando se tiene el poder y la represión. Un día después de que decenas de miles de páginas web protestaran por la ley SOPA, el FBI realizó una operación coordinada para detener en distintos países a los responsables del servicio MegaUpload y sacar del aire los servidores de la mayor plataforma de descarga directa del mundo.
El ataque contra MegaUpload es una cuchillada al concepto de “cloud computing” o “la nube”. La tendencia en los años recientes era que los usuarios compartían o alojaban contenidos en servidores, no en sus computadoras. De esta forma, servicios como MegaUpload, Dropbox, el gigante Amazon y muchos más, ofrecen servicios para alojar esos archivos de manera gratuita y cobrar si el usuario necesitaba más espacio o más velocidad.
Que el FBI toque la puerta de la oficina de alguien en Alemania o Nueva Zelanda sólo demuestra que no hacía falta la ley. Ni siquiera es válido hablar de “¿cómo afecta esto a la gente fuera de los Estados Unidos?”, la industria y sus represores son un ente supranacional.
De inmediato, el colectivo Anonymous lanzó una respuesta feroz que durante horas bloqueó las páginas web de empresas discográficas, de cine, de derechos de autor, e incluso la propia página del FBI. Los anónimos son indetenibles y además, mientras no roben datos y contraseñas serán entendidos como un método de protesta.
Pero a MegaUpload no la veremos por un largo tiempo y las medidas contra los servicios de descarga directa pueden multiplicarse en las próximas semanas después de derribar al líder mundial.
Suena épico. En Twitter no paran de hablar de la World War Web, la primera gran guerra digital. Sin embargo las ha habido antes entre países, las hemos presenciado entre ciudadanos y sus propios Gobiernos, pero jamás de la industria contra sus consumidores.
Es momento de replantear las cosas, porque está claro que en un escenario de caos, la primera víctima es la comprensión del fenómeno. Una cosa es el modelo gratuito planteado por Chris Anderson en su libro Free, en el que se buscan métodos para que al consumidor final no le cueste el producto (la televisión abierta lo ha hecho toda la vida), y otra cosa es creer que la cultura libre es descargarse series.
Otro problema es determinar que las copias digitales son la raíz del problema, en lugar de verlas como la consecuencia de un mercado no satisfecho para los consumidores. Si haces buen cine y lo pones en casa a bajo costo, se paga.
Si haces las cosas más fáciles que salir a comprarlo quemado, la gente no acudirá a la copia y pagará con gusto un servicio fiable y de calidad. Pero a la industria le cuesta adaptarse. Kodak, por ejemplo, no se adaptó a la fotografía digital y esta semana se declaró en bancarrota. Los infociudadanos no tienen la culpa.
En Twitter pedíamos más sancocho y menos sopa. Daniel Esparza, autor del genial @CorreoGuaire, armó una fogata a orillas del río y espesó el caldo de la ciberfilosofía con su: “Propongo la ley sancocho. Todos metemos en la gran olla de la web lo que nos da la gana y todos comemos”. Así entendíamos Internet hasta esta semana. Ahora es un territorio de trincheras sin respuestas sencillas.
Fuente: talcualdigital.com
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