Un mes después de que el fiscal Alberto Nisman apareciera muerto en su apartamento, los servicios secretos argentinos han sido desmantelados y viven una de sus peores guerras internas.

El 18 de enero, en pleno verano austral, el fiscal argentino Alberto Nisman aparecía muerto en el baño de su lujoso apartamento porteño de Puerto Madero. Tenía un balazo en la cabeza aunque, según arrojaron las primeras investigaciones, en la casa no había ni signos de violencia, ni rastro de terceras personas. La primera hipótesis apuntó directamente a un suicidio, pero el caso estaba muy lejos de cerrarse. Nisman no era un fiscal cualquiera, y el 18 de enero tampoco era un día más. Era la jornada anterior a que presentara ante el Congreso las pruebas que sustentarían su acusación contra la presidenta Cristina Kirchner por encubrimiento de terroristas.

La cuenta atrás del fatal desenlace comenzó mucho antes. Concretamente, en julio de 1994, cuando una bomba voló por los aires la AMIA (el principal centro comunitario judío de Argentina). El ataque terrorista se saldó con 85 muertes y más de 300 heridos. Tras veinte años de investigación, sus autores siguen impunes. El 14 de enero, Alberto Nisman, a cargo de esta investigación desde 2004, decidió que había llegado la hora de arrojar luz sobre el asunto, y tras interrumpir abruptamente sus vacaciones en Europa, presentó una sorprendente acusación ante un juez federal. Aseguraba contar con pruebas que demostraban que la presidenta Cristina Fernández Kirchner y el ministro de Exteriores, Héctor Timerman, habían acordado encubrir a los iraníes autores del atentado a cambio de un trato de favor por parte de la República Islámica de Irán.

El juez no pudo revelar el contenido de dicha acusación porque mencionaba directamente a agentes de la Inteligencia argentina. La oposición convocó a Nisman a explicarse ante el Congreso el 19 de enero. Pero el fiscal nunca acudió a la cita. Los bandazos explicativos posteriores a su muerte por parte de Cristina Kirchner y de su equipo de Gobierno, dan una idea clara del revuelo que vive la Casa Rosada de puertas adentro. Primero fue un suicido, después, un homicidio sin pruebas. Cristina Kirchner cambió su estrategia de comunicación en cuestión de días, aunque también anunció algo más, algo muy significativo.

La ‘jubilación’ del fiel confidente de Nisman

En su primera aparición televisiva, de blanco impoluto y en silla de ruedas, notificó el desmantelamiento inminente de los Servicios de Inteligencia argentinos. Dato importante porque tan solo un mes antes, en diciembre de 2014, Kirchner ya había cambiado el orden de La Casa -el nombre con el que los argentinos se refieren al centro de operaciones de sus servicios secretos-. ¿Qué ocurría en el opaco mundo de los espías para que, en cuestión de dos meses, necesitara dos reformas completas?

En diciembre de 2014, Cristina decidió jubilar a Antonio Stiusso, alias Jaime, posiblemente el personaje más enigmático de esta trama. Era el capo de los espías, el hombre fuerte de la Casa, y el fiel confidente de Alberto Nisman durante los últimos diez años de su investigación del caso AMIA. Stiusso, una figura muy apreciada por la CIA y el Mossad, trabajaba para la Inteligencia argentina desde 1972.

 

La ‘jubilación’ del fiel confidente de Nisman

En su primera aparición televisiva, de blanco impoluto y en silla de ruedas, notificó el desmantelamiento inminente de los Servicios de Inteligencia argentinos. Dato importante porque tan solo un mes antes, en diciembre de 2014, Kirchner ya había cambiado el orden de La Casa -el nombre con el que los argentinos se refieren al centro de operaciones de sus servicios secretos-. ¿Qué ocurría en el opaco mundo de los espías para que, en cuestión de dos meses, necesitara dos reformas completas?

En diciembre de 2014, Cristina decidió jubilar a Antonio Stiusso, alias Jaime, posiblemente el personaje más enigmático de esta trama. Era el capo de los espías, el hombre fuerte de la Casa, y el fiel confidente de Alberto Nisman durante los últimos diez años de su investigación del caso AMIA. Stiusso, una figura muy apreciada por la CIA y el Mossad, trabajaba para la Inteligencia argentina desde 1972.

En los juegos de espías, las guerras hunden sus raíces en el tiempo, y las de Cristina llegan hasta el año 2012, cuando la presidenta firmó el memorándum de entendimiento con Irán por la causa del atentado contra la AMIA. Un pacto rechazado por la línea histórica de la antigua SIDE, que en ese momento lideraba Stiusso. Jaime, que había investigado la pista iraní, tenía otras ideas y estaba convencido de que fueron ocho exfuncionarios iraníes los autores del atentado con coche bomba que destruyó el edificio de la AMIA y la vida de 85 personas. A partir de entonces comenzó una larga batalla entre una facción de La Casa y la propia Casa Rosada.

En los juegos de espías, las guerras hunden sus raíces en el tiempo, y las de Cristina llegan hasta el año 2012, cuando la presidenta firmó el memorándum de entendimiento con Irán por la causa del atentado contra la AMIA. Un pacto rechazado por la línea histórica de la antigua SIDE, que en ese momento lideraba Stiusso. Jaime, que había investigado la pista iraní, tenía otras ideas y estaba convencido de que fueron ocho exfuncionarios iraníes los autores del atentado con coche bomba que destruyó el edificio de la AMIA y la vida de 85 personas. A partir de entonces comenzó una larga batalla entre una facción de La Casa y la propia Casa Rosada.

Ahora Nisman ya no puede hablar, pero en su momento tampoco lo hizo. Continuó adelante con su investigación obviando lo desvelado por Wikileaks hasta que, en enero de este año, decidió que había llegado la hora de acusar con nombre y apellidos. Es posible que en diciembre su amigo Stiusso, también afín a la interpretación estadounidense, le diera un decisivo empujón tras su salida de La Casa, cuando ya no tenía nada que perder. Pero lo cierto es que en el Caso Nisman cada vez hay más siglas involucradas y todavía una pregunta sin responder: ¿cómo murió el fiscal?

No admito el suicidio y menos con un arma”, dijo su exmujer, la jueza Sandra Arroyo Salgado, “por su personalidad y porque no tenía motivos”. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner tampoco cree ahora en la hipótesis del suicidio, y lo mismo le ocurre a la opinión pública argentina, resignada en su mayor parte a no saber nunca qué pasó aquella noche del 18 de enero.

Lo que está claro es que, si Nisman no tenía motivos, otras personas sí, y contundentes. Mientras la investigación continúa su curso, el país empieza a comprender que la verdad del caso Nisman podría resultar no solo incómoda, sino también peligrosa.

Por María Bayón
Fuente: elconfidencial.com

 

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