El imparable desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación haensanchado el campo de cultivo para el desarrollo del espionaje, desde la comodidad del bunker o del anónimo cibercafé de la esquina: ahora que todo intercambio, sospechoso o no, deja alguna huella, parece que es más difícil ocultar planes siniestros y pasar inadvertido en un mundo que se desdobla hacia la virtualidad, espacio donde todos somos husmeados o husmeadores, según el caso, sin aparente posibilidad para el secreto o, ya entrados en gastos, para hacer lo que nos plazca sin ser fulminados por el borreguil instinto de superioridad moral.

Ambigüedad familiar

Las series televisivas que nos consiguen atrapar a las primeras de cambio no acaban y aumentan nuestra lista de pendientes; si ya tenemos el buró lleno de los libros que van haciendo fila, ahora el mueble de la tele ya le va haciendo competencia. Y para muestra, ahí está Los infiltrados (The Americans, 2013- ), creada por Joseph Weisberg, escritor de algunos capítulos para Damages (2007-2012) yFalling Skies (2011- ), en donde se retoma el ambiente social de tensión política y armamentista, cuando el espionaje era una práctica más de carne y hueso que de habilidades informáticas.

Estamos en los años 80, justo cuando la guerra de las galaxias (en la realidad, no la película) estaba en el imaginario de los gobiernos de las dos potencias: corren tiempos de un mundo bipolar (en todos sentidos) y tanto estadounidenses como soviéticos buscaban la primacía del orbe desde una perspectiva ideológica, militar, política y económica, con todo y boicots a juegos olímpicos y valentonadas nucleares: el mundo en blanco y negro, entre cerdos capitalistas y comunistas totalitaristas.

La historia se centra en una pareja de espías soviéticos (Matthew Rhys y Keri Russell, notables en su doble rol) que viven encubiertos en Estados Unidos como una típica familia clasemediera de suburbio con negocio compartido de promotoría de viajes, beneficiaria de la dudosa mano invisible del mercado. Para complementar la mascarada, tienen una hija entrando a la adolescencia en plena confrontación con la madre y un hijo en plena edad de búsqueda de modelos. Pronto tienen que convivir, como buenos vecinos, con un comprometido agente del FBI (Noah Emmerich) y su respectiva parentela.

Ambos se ven envueltos en misiones peligrosas al tiempo que deben mantener a la familia unida, sin quedar claro cuál de los dos asuntos sea más complicado. Puntual recreación de época y una acertada combinación entre el thriller geopolítico y la intimidad de las relaciones afectivas, así como una constante tensión entre la realidad y la representación de roles sociales, permiten que la serie se mantenga al filo del peligro y la búsqueda de la normalidad, si es que existe, con todo y los esclarecedores flashbacks que redondean el trazo humano de los espías.

La batalla parece estar entre la fidelidad a la patria, cualquier cosa que ello signifique, y el amor a una familia que parece un territorio extraño, pero al fin amado, por más resistencias que se pongan a la propia conciencia moral. Las traiciones y personajes con dobleces terminan por ser una delicia de dudas y afectos encontrados.

Ambigüedad ideológica

Dirigida por el videoroquero Anton Corbijn y con guion de Andrew Bovell (Al límite, 2010), El hombre más buscado (A Most Wanted Man, RU-EU-Alemania, 2014) se basa en la novela homónima del 2008 de John Le Carré, especialista del género y creador de George Smiley, uno de los personajes de ficción más memorables del submundo del espionaje, ya interpretado por Gary Oldman en la estupenda El espía que sabía demasiado (Alfredson, 2011), por AlecGuiness en la serie televisiva Calderero, sastre, soldado, espía (1979), por Rupert Davies en el clásico Alto espionaje (Ritt, 1965) y por James Mason, nombrado como Charles Dobbs por asuntos de derechos, en Llamada para el muerto (Lumet, 1966).

El hombre más buscado es un musulmán mitad ruso, mitad checheno (Grigoriy Dobrygin) que después de ser torturado, logra llegar de manera ilegal a Hamburgo, en donde se convertirá en el centro de interés de diversos personajes con intenciones distintas: mientras que para algunos representa un peligro terrorista, para otros puede ser un benefactor por el dinero con el que cuenta en algún banco cuidadosamente vigilado por su dueño (Willem DaFoe) o se puede tratar, simplemente, de una persona que busca la paz después del sufrimiento vivido.

Una abogada humanitaria (Rachel McAdams) lo empieza a apoyar, mientras es acechado por agencias de inteligencia alemanas con sus respectivas pugnas internas, además de la infaltable presencia estadounidense vía una gélida agente (Robin Wright). Para complicar el asunto, se busca utilizarlo como carnada para atrapar a un prominente empresario musulmán (Homayoun Ershadi) de quien se sospecha su apoyo, a través de sus prominentes negocios, a células terroristas, apoyado por su hijo (Mehdi Dehbi).

El desarrollo argumental consigue vincular con cierto equilibrio aristas políticas, sociales y hasta románticas de manera tensa y creíble, sin necesidad de acción de relleno, estableciendo un constante juego de poder cargado de ambigüedad, al que contribuye la robusta interpretación del enorme Philip Seymour Hoffman, en su papel de despedida (muy recomendable leer la introducción de Le Carré en la edición del 2014 sobre el actor), comandando a un eficaz equipo de espionaje teutón encarnado por Daniel Brühl, Nina Hoss y Vicky Krieps.

Tanto el despliegue fotográfico como la puesta en escena enmarcan el conflicto central del relato y la soledad apremiante de los personajes, siempre al borde de un ataque de laconismo, al tiempo que el trabajo de edición colabora con la necesaria fluidez para acercarnos con interés al desenlace, si bien predecible, cuidadosamente filmado en términos de emotividad y fuerza visual con el telón de fondo de un puerto alemán recibiendo el choque de las olas en la etapa post 11/09.

 

Por Fernando Cuevas

Fuente: milenio.com

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