He aquí tres argumentos. En el primero, niños norteamericanos desaparecen de sus cunas. Una banda de delincuentes internacionales piratea los sistemas de cámaras de vigilancia para bebés. A través de esas cámaras, ponen en subasta a los niños, que son comprados por parejas desesperadas del mundo árabe, Corea, Japón, Alemania.

En el segundo, hackers inescrupulosos que se reúnen en exclusivos foros de perversos provocan accidentes en espacios públicos (montañas rusas, subterráneos) para el goce espiritual y sexual de aquellos para quienes la tragedia se filma. Cuantos más muertos y sangre, mejor.

En el tercero, un asesino interviene en los programas para dispositivos móviles (tipo Uber o Lyft 9) que sirven para llamar un vehículo de alquiler (lo que aquí conocemos como un “remís”), gran competencia de las compañías de taxis en los Estados Unidos, y mata más o menos porque sí (el furor y la locura son recursos narrativos fáciles) a los inadvertidos pasajeros.

Lo que tienen en común estos tres argumentos de CSI: Cyber, el nuevo spin off de la franquicia CSI (que modificó la forma en que las masas entienden el crimen y su resolución), es presentar el universo de las cibercomunicaciones como hostil y demencial, para justificar las intervenciones de los servicios de inteligencia en ese espacio.

La serie tiene uno de los peores castings imaginables, está mal contada (con una sintaxis espasmódica derivada de lo que se supone son los flujos de información en la red) y sus argumentos presuponen la sospecha de que sentarse ante un teclado equivale a compartir un espacio virtual con criminales y locos de cualquier especie, y convertirse, por lo tanto, en víctima inminente de asesinato, violación, secuestro extorsivo, tráfico humano, venganza, etc.

De Julian Assange y WikiLeaks, ni hablar. El hacker, ese héroe de los años 80, es ahora una figura que sólo puede rehabilitarse trabajando para los servicios y fuerzas de seguridad, que combinan la más salvaje psicología conductista con una penosa imaginación tecnológica.

Una enseñanza de la serie: encriptar la propia dirección electrónica (IP) detrás de una máscara (tipo TOR o TunnelBear) es ya inevitable, antes de que las fuerzas de seguridad vengan a golpear a nuestra puerta con la delicadeza que las caracteriza (y que Assange conoce bien). Una esperanza: que quienes creen en la verdad de tales argumentos abandonen la red, descongestionándola.

 

Por Daniel Link

Fuente: perfil.com

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