Asilado desde 2012 en la Embajada de Ecuador en Londres, es uno de los periodistas, programadores, hackers y editores más conocidos del mundo. Un artículo que repasa sus dos libros publicados en el país, en los que da cuenta de su posición.

Una breve recorrida por el mundo de las grandes conspiraciones

La historia de Julian Assange es conocida. Su cara se hizo famosa a nivel mundial en 2010, tras la publicación por parte de WikiLeaks de comunicados del Departamento de Estado estadounidense (Daño Colateral, Los diarios de la Guerra en Irak y Cablegate) que revelaban el abuso del secreto oficial de militares y el gobierno estadounidense. Era él el hombre señalado como fundador y editor en jefe a cargo de las revelaciones sobre las incursiones norteamericanas en Irak y Afganistán, y la principal cara de una organización –desde ese momento catalogada como terrorista– preparada para recibir datos de informantes, hacerlos públicos y afrontar los ataques legales y políticos futuros. Desde hace casi cinco años nos acostumbramos a verlo en distintos tipos de prisión (tras las publicaciones se inició un rally de denuncias e intentos de extradición a los Estados Unidos, donde se convocó un Gran Jurado en el estado de Virginia para presentar cargos contra la Ley de Espionaje de 1917), condición que encontró una relativa estabilidad en agosto de 2012, cuando fue aceptado como “asilado político” en la Embajada de Ecuador en Londres. Desde aquel momento ese es su teatro de operaciones: amenazado con una detención segura por el gobierno de Reino Unido en caso de violación del perímetro de la embajada, su conexión con el exterior se basa en diversas entrevistas y un discurso brindado desde los balcones de Londres un grupo de seguidores que lo aplaudían.

Los colaboradores y fuentes de WikiLeaks no corrieron mejor suerte: son varias las denuncias de detenciones, interrogatorios y robos de computadoras de algunos allegados a Julian Assange. Chelsea Manning (el ex soldado Bradley Manning, quien cambió de sexo en medio del conflicto) estuvo detenida más 1103 días sin juicio acusada de filtrar cables secretos de Irak y Afganistán a WikiLeaks, hasta que en 2013 la condenaron a 35 años de prisión.

Más allá de las circunstancias el pensamiento de Assange se mantiene constante: reconoce que en la actual lucha en el terreno cibernético se está perdiendo una batalla importante para que la democracia sea la principal arquitectura de Internet, y a cambio se observa un control y vigilancia masiva. Si en Criptopunks. La libertad y el futuro de internet (Marea Editorial) el fundador de WikiLeaks destacaba la importancia de la criptografía como software libre para evitar la homogeneización cultural, en Cuando Google encontró a WikiLeaks (Capital Intelectual) tiene la certeza de que los gigantes informáticos del software privativo no están solos: más allá de los colores simpáticos de Google, el lema buena onda  “Don’t be evil”, la oferta gratuita de servicios en la que los usuarios se convierten en productos y el escaso interés de la sociedad del accionar corporativo, Assange advierte sobre la gravedad de la conexión entre el Departamento de Estado norteamericano y la empresa, y alerta sobre el grave estado de vigilancia masivo.

PRIVACIDAD PARA LOS POBRES, TRANSPARENCIA PARA LOS PODEROSOS.

El antecedente más antiguo de WikiLeaks y la construcción del monstruo Assange puede situarse en una temprana lista de correos de los ’90, de la cual el australiano formó parte con discusiones sobre el uso de criptografía como software libre (junto a los efectos y consecuencias en la sociedad, matemáticas, computación y política) y la preservación de la identidad. El intercambio –que tuvo su apogeo entre 1992 y 1997– funciona también como el primer registro de enfrentamiento directo con la administración estadounidense, que ya por ese entonces calificaba el uso de la criptografía como “munición de guerra” e intentó limitarlo de diferentes formas (desarrollo de tecnologías vulnerables que continúa en lo que se conoce como una Segunda Guerra Criptográfica e incluye  distintas campañas legislativas).

“Con el control de los cables de fibra óptica, por donde pasan los gigantes flujos de datos que conectan a la civilización mundial, ocurre lo mismo que con los oleoductos. Este es el nuevo juego: controlar la comunicación de miles de millones de personas y organizaciones”, escribía Assange en Criptopunks, libro/manifiesto que refleja los diálogos con Jacob Appelbaum, Andy Maguhn y Jérémie Zimmermann (especialistas informáticos y miembros de distintas asociaciones contra la vigilancia estatal y los derechos al anonimato en línea). El libro es un paseo por la mente de Assange, en el cual se recorren los intentos por reprimir WikiLeaks (que incluyeron bloqueos de transferencias financieras a través de Visa, Mastercard, Bank of America y Paypal para una organización que se financia por colaboración de sus partidarios), la militarización del espacio cibernético a modo de ocupación militar y la relación de Internet con la política, la economía y la censura. Por otra parte sienta precedente de los postulados de Cuando Google encontró a Wikileaks, donde Assange asegura que si bien Internet era el mayor instrumento de emancipación, se ha visto transformado en “la más peligrosa herramienta del totalitarismo y una verdadera amenaza para la civilización humana”.

Entender la importancia del software criptogtáfico, explica, tiene una particular importancia para América Latina y el Tercer Mundo: “el control de toda una población por parte de los poderes internacionales naturalmente amenaza la soberanía”, mientras que señala a la vigilancia como un problema para la democracia, la gobernabilidad y un problema geopolítico en el que la libertad sólo será conservada por una elite tecnológica rebelde con gran conocimiento del sistema interno.

GUERRA CONTRA GOOGLE

“Una gran parte de la censura tiene que ver con Google y se puede condenarla por esa acción. Hay miles de páginas que mencionan a WikiLeaks que están censuradas por Google”, decía Assange en los diálogos publicados en Criptopunks, en una frase que es la punta de lanza de Cuando Google encontró a Wikipedia. “Nadie desea reconocer que Google se ha vuelto grande y malo, pero así es”, escribe en la introducción del nuevo libro, y a la vez denuncia la inmunidad de la megacorporación ante los 2,1 billones de visitantes diarios e incluso los abanderados de la privacidad preocupados únicamente por la vigilancia estatal. Palabras más, palabras menos, el libro se basa en el encuentro que se produjo en junio de 2011 en Norfolk –zona rural a tres horas de Londres, donde Assange se encontraba bajo arresto domiciliario– con los popes del imperio Google, que llegaron con la excusa de un libro en construcción (ver recuadro: “Assange lee a Google”): Eric Schmidt, Jared Cohen (director de Google Ideas, ex asesor en jefe de las secretarias de Estado Condoleezza Rice y Hillary Clinton), junto a Lisa Shields (directora de comunicación global y portavoz del Consejo de Relaciones Internacionales) y Scott Malcomson (editor del libro de Shmidt y Cohen). Dada la composición y la relación de cada uno con la Casa Blanca, posteriormente Assange lo definiría como una reunión con 1/4 de integrantes de Google y otros ¾ del Departamento de Política Exterior de Estados Unidos.

Entre otras cosas, Assange declara la muerte de la sociedad civil a partir de la década del ’70, con el retroceso de los sindicatos y las iglesias ante el libre mercado, y es en esta zona que confluyen Google, la Casa Blanca y el Departamento de Estado: si el circuito de conferencias de activistas no puede existir sin los millones de financiación política recibidos anualmente, ahí está Cohen operando en Afganistán para que las cuatro operadoras de telefonía móvil transfieran sus antenas a las bases militares estadounidenses, o liderando el ciclo de charlas en Irlanda sobre “Cumbre contra el extremismo violento”, patrocinado por Google Ideas y el Consejo de Relaciones Internacionales, o entablando relaciones con comunidades iraníes sobre un proyecto de “sociedades represivas”.

 

INCÓGNITAS

El futuro de Internet se presenta como una incógnita imposible de revelar. Poco después de la entrevista que forma el cuerpo principal de Cuando Google encontró a WikiLeaks, se produjeron las primeras revelaciones de Edward Snowden sobre la conexión entre las principales redes de telecomunicaciones y el Departamento de Estado norteamericano. El nuevo libro de Assange es un capítulo más contra las megacoporaciones informáticas y la vigilancia estatal masiva (alimentado en el sitio <when.google.met.wikileaks.org>, con comunicados filtrados y correos electrónicos publicados por WikiLeaks en línea). En este sentido, los postulados criptopunks de principios de la década del ’90 conservan su lógica de acción. La batalla por la transparencia tendrá nuevos capítulos en lo que también representa una lucha en planos de homogeneización lingüística y cultural. “Si el futuro de Internet es realmente Google, mucha gente de todo el mundo debería empezar a preocuparse seriamente por buscar una alternativa a la hegemonía cultural, económica y estratégica de Estados Unidos”, escribió Julian Assange en una carta fechada en mayo de 2014 incluida en Cuando Google encontró a WikiLeaks. Siempre con la convicción de que ni la ciencia ni la tecnología son neutrales, Assange asegura que existen dos futuros diferentes y complementarios para Internet: una ubicua en una gobernanza corporativa centralizada o una Internet vibrante y descentralizada, adecuada para la emancipación de la historia y los seres humanos. «

 

Assange lee a google

Cuando Google encontró a WikiLeaks incluye la lapidaria reseña de The New Digital Age (La nueva era digital), el libro escrito por Schmidt y Cohen con el encuentro “tergiversado” en Norfolk , que Assange publicó originalmente en el periódico The New York Times. Caracterizado como una “fusión simplista” de la ideología del Fin de la Historia de Francis Fukuyama, plagado de doctrinas obsoletas de Washington, ortodoxias del departamento de Estado y adulaciones de “famosos belicistas” como Tony Blair, Henry Kissinger, Bill Hayden y Madeleine Allbright, el líder de WikiLeaks califica a The New Digital Age como “un plan de acción del imperialismo tecnocrático”. “A medida que iba leyendo el libro comencé a ver que no era un intento serio de predecir el futuro, sino una amorosa serenata dedicada por Google a los círculos oficiales de Washington. Google, floreciente superpotencia digital, se estaba ofreciendo a Washington para ser su visionario geopolítico”, señala Assange en Cuando Google encontró a WikiLeaks.

La banalización del futuro realizada por Schmidt y Cohen llega de la mano del progreso mundial con la expansión y desarrollo de la tecnología estadounidense. Si Google empezó siendo una expresión de la cultura independiente de estudiantes de posgrado californianos (“una cultura decente, humana y alegre”), Assange la reconoce en la actualidad como una megacorporación al servicio de los poderes tradicionales estadounidenses.

La conclusión es simple: allí donde Schmidt y Cohen ven progreso, Assange reconoce que el avance de la información encarnado por Google significa la muerte de la privacidad para la mayoría de las personas y conduce al autoritarismo. De la misma forma, mientras Schmidt y Cohen se inquietan por Corea del Norte, Irán, ignoran a América Látina y sus “lideres envejecidos”, Assange destaca la omisión de comentarios sobre Israel y Arabia Saudita, y el desafío a la soberanía de los estados. “Ninguno de los dos autores tiene la capacidad para ver, y mucho menos para expresar, el diabólico engendro centralizador que están creando”, afirma Assange, mientras que destaca que The New Digital Age es de lectura obligada para el que quiera conocer al enemigo en la pelea por el futuro.

 

La pista argentina

“Soy influyente, no poderoso. Hay una diferencia. Si fuera poderoso, no estaría encerrado en una embajada”, afirma Julian Assange en la entrevista que abre el libro Politileaks. Todo lo que la política argentina quiso esconder. Sus secretos de la A a la Z, escrito por Santiago O’Donell y publicado a mediados de 2014, en un claro ejemplo del alcance y el funcionamiento de la organización fundada por Assange.
Santiago O’Donell, editor de la sección El Mundo de Página/12, fue uno de los periodistas locales elegidos en 2010 para la entrega de los cables filtrados del país recogidos por WikiLeaks. Tras la entrevista en la que Assange repasa la trayectoria de la organización, los intentos de criminalizar las filtraciones y las presuntas fuentes principales de los cables en estado de “prisioneros políticos” (ver el caso Chelsea Manning), conversa sobre las metodologías principales de trabajo, y denuncia a grandes medios de comunicación que renunciaron a la publicación de cables una vez afectado su negocio, en Politileaks se demuestran los informes del Departamento de Estado de la Embajada de Estados Unidos que informan encuentros sucesivos entre diplomáticos norteamericanos y políticos de primera línea argentinos.

El detrás de cámara de la realpolitik con algunos anticipos de movimientos que luego fueron confirmados. Sergio Massa, Daniel Scioli, Gabriela Michetti, Hugo Moyano en reuniones y declaraciones poco conocidas dentro de su tradicional libreto: el diputado del Frente Renovador describiendo a Néstor Kirchner como un “loco y manipulador”, Daniel Scioli contrariado en pleno conflicto agropecuario y Gabriela Michetti demostrando su desacuerdo con las políticas de Derechos Humanos del actual gobierno.

Continuación de Argenleaks (publicado en 2011), Politileaks volvió a tomar una importante relevancia pública luego de la muerte del fiscal Alberto Nisman: en un capítulo del libro, O’Donell se encarga de retratar la megafiltración de 196 cables con la palabra AMIA que –entre otras cosas– demostraban la estrecha relación del fiscal con distintos funcionarios estadounidenses que presionaban en sus decisiones. Una muestra del alcance y la importancia de WikiLeaks, más allá de la distancia y el encierro, en la política nacional Assange y Wikileaks también dicen presente.

 

Por Mariano Zamorano

Fuente: infonews.com

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