La sociedad se enfrenta al debate de decidir hasta qué punto es lícito difundir el odio en la red

En “No habrá paz para los troles de internet”, Adrian Chen escribe: “El odio de toda la vida está asistiendo a una especie de renacimiento en línea, y en los países donde menos se podría esperar. El anonimato que ofrece internet fomenta la aparición de comunidades donde la gente se alimenta del odio de los demás”.

Chen revela la escala a la que ha llegado el näthat (“odio en la red”) en Suecia, país conocido por su tolerancia donde, a pesar de todo, foreros anónimos largan su bilis contra los inmigrantes que (según los racistas) están destruyendo la “cultura sueca”. Igual que en Estados Unidos y en otras partes del mundo, los troles de internet suecos también acosan a las mujeres, a veces simplemente por la extraña satisfacción de asustarlas.

Foto: Portada del número de enero/febrero de 2015 de ‘MIT Technology Review’.

A los troles los mueven amargos resentimientos que no pueden expresar de otra manera y se sienten liberados gracias a la embriagadora libertad del anonimato. Los comentarios hirientes que vemos en las web son expresiones sinceras de los sentimientos reales de una parte de la humanidad. Algunas personas odian a otras personas y la tecnología amplifica la expresión de opiniones que (al menos hasta finales de la Segunda Guerra Mundial) se solían susurrar en privado o gritar en las manifestaciones de movimientos políticos ineficaces (ver “La libertad de expresión en la era de su amplificación tecnológica“). Pero qué se puede hacer respecto a los troles en sociedades abiertas como las de Suecia y Estados Unidos es una pregunta controvertida sobre la que los ciudadanos se muestran en desacuerdo.

Ambos países han puesto el listón muy alto para poder perseguir cualquier forma de expresión: la expresión es libre a menos que viole el “principio de daño”. En Estados Unidos la libre expresión se puede prohibir si supone una “auténtica amenaza” bien porque constituya una incitación a lesionar a alguien o bien (como escribió la juez Sandra Day O’Connor en 2003) para proteger a la gente “del temor a la violencia” y “de la alteración que genera ese miedo”. Los ciudadanos que valoran la libertad de expresión y que creen que es necesaria para que exista la democracia, la expresión individual y un mercado de ideas, suelen aceptar que existan tan pocas limitaciones a la misma.

Pero otros no están tan cómodos (ver ““Silicon Valley es un mecanismo de distribución de la riqueza sexista y racista”“). Rara vez se persiguen las amenazas porque las palabras son resbaladizas y cuesta encontrar a los troles anónimos. Es más, el principio de daño no se aplica simplemente a discursos incitadores que busquen oprimir o silenciar a las minorías y a las mujeres. A los activistas les gustaría ver una definición más amplia del daño o una menor tolerancia del acoso.

El reportaje de Chen describe un polémico enfoque llevado a cabo en Suecia, donde “un grupo de investigadores voluntarios, llamado Researchgruppen (grupo de investigación) ha inaugurado una forma de activismo periodístico basado en seguir el rastro de migajas de datos dejado por troles anónimos y desenmascararlos”. El Researchgruppen analizó los comentarios en una publicación de derechas llamada Avpixlat y comparó los correos electrónicos encriptados de los comentaristas contra una base de datos pública de direcciones de correo. Los investigadores proporcionaron los nombres de muchos de los comentaristas más prolíficos de Avpixlat a Expressen, un tabloide sueco que informó de que decenas de suecos de importancia, entre ellos políticos del partido de extrema derecha Demócratas de Suecia, habían subido comentarios racistas y sexistas. Algunos políticos y administradores dimitieron.

En Suecia, la exposición pública de los troles hecha por Researchgruppen resultó polémica. Puede que los lectores de MIT Technology Review también se sientan inquietos: quizá quieran distinguir entre las amenazas reales a los individuos y la expresión de opiniones que, por muy condenables que sean, tienen muy poca conexión con un daño inmediato. Pero los periodistas de datos de Researchgruppen han introducido una innovación: le han puesto precio a hacer de trol. Al acabar con la capa de anonimato han demostrado que aunque la expresión es libre, no siempre es gratis.

 

Por Jason Pontin

Traducción: Lía Moya

Fuente: technologyreview.es

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