Como mamífero inteligente busco respuestas. Parte de la comunidad científica están vaticinado un despertar de las máquinas. Acudo a la ciencia ficción. Una idea precisa de cómo serán los robots del futuro. Profecías de máquinas poderosas, superinteligencias. Tengo la curiosidad innata de un androide Nexus 6 dispuesto a matar a su creador, como en Blade Runner. Quiero jugar al oráculo de Matrix. Empiezo por lo básico. Lo más cercano y doméstico. Le pregunto al asistente de voz de Google Now “qué es inteligencia”.

La voz mecánica del móvil responde con tono agudo al llamado de mi tráquea: “Facultad de la mente que permite aprender, entender, razonar, tomar decisiones y formarse una idea de la realidad”. No sabe lo que significa. Lee lo que encuentra en el buscador. Pero ha tomado la decisión, ha entendido el lenguaje natural humano, y en cierto modo ha comprendido lo que se le ordenaba… Es solo una aplicación que imita habilidades.

No puede “formarse una idea” de que su algoritmo, su protocolo, es como un trilobites mecánico, la forma primitiva, el germen de una inteligencia que pueda llegar a hacer sombra a la humana… Cuando estas aplicaciones de asistencia fueron lanzadas en 2011, las calificaron como “el mayor proyecto de inteligencia artificial”.

En 2015 parecen poca cosa, si las comparamos con otros prototipos experimentales basados en computación cognoscitiva. Es la ley de Moore. La tecnología crece exponencialmente. Como una especie invasora aprovechándose de los nuevos recursos surgidos por los modernos procesadores. Parece dispuesta a llegar a la inteligencia que soñó en los 50 Alan Turing, padre de la computación moderna.

Asistimos por ello al deshielo de la inteligencia artificial. Ha sido un largo invierno desde que soñáramos por primera vez con ellas. Es puro músculo computacional. Fuerza bruta, por el momento. No son inteligentes en términos absolutos o autónomos. Pero están aquí, o al menos, su embrión. Crecen sus habilidades, y esto genera desconfianza. Un terror antiguo a la máquina que cobra un nuevo cuerpo en la boca de científicos e inventores. Miedo a que nos superen, a que empiecen a desarrollarse por ellas mismas y que nos abandonen en la próxima cuneta evolutiva. ¿Parecen acertadas estas alertas?

“Que la computadora se vaya a rebelar y a dominar a los humanos, eso no va a pasar por ahora, el peligro siguen siendo los humanos”, explica Raúl Rojas, director del departamento de Inteligencia Artificial de la Universidad Libre de Berlín. Están dotadas de potentes memorias y de protocolos aún simples, si los comparamos con otros seres vivos. Pero tienen un poder para el análisis de datos ciclópeo, como demuestran estas ‘inteligentes’ cosechadoras del oro moderno, que llamamos Big Data. Se encuentran ocupadas analizando y clasificando la información de la red. Identifican imágenes, y empieza a hacerse una idea de lo que tienen delante. Comienzan a imitarnos y a superarnos en algunas disciplinas.

Gatean como niños miopes por un universo matemático. Necesitan ecuaciones para entender el mundo. Pero se están abriendo nuevos caminos inspirados en el cerebro humano, la biología o la genética… Nadie sabe en realidad a qué velocidad se desarrollarán. Puede que tengamos cerca otro invierno matemático –como ocurrió en los años 80 cuando se estancó la investigación– o la temida “explosión de inteligencia”. Es difícil preverlo si hablamos de software o algoritmos.

“Hace una década no teníamos teléfonos móviles, y mira el avance. Tarde o temprano llegaremos a tener estos robots e inteligencias de las películas. Llegaremos a algo que nos despiste mucho, nos costará diferenciar si es humano o máquina”, explica Concepción Monje, investigadora del Robotics Lab de la Universidad Carlos III, y asesora de la película Autómata. Y así empieza el miedo. Vemos posible, aunque lejano, lo que han descrito el cine y la literatura. “Podríamos estar invocando al diablo”, según comento en una entrevista el director de Tesla Motors, Elon Musk.

Los robots asesinos

Organismos como Global Challenge Foundation las incluyen entre las amenazas futuras, junto a meteoritos y pandemias globales. La ONU ha celebrado su primer encuentro para regular los llamados robots asesinos y el Parlamento Europeo ya dispone de un grupo jurídico de robótica… Pero lo cierto es que estas inteligencias no tienen la capacidad autónoma de un escarabajo.

“Hay muchos niveles de inteligencia, desde la de un insecto hasta la de un humano. Un insecto es quizás todavía más ágil y capaz de sobrevivir de lo que sería una computadora que tuviera que hacer lo mismo. Estamos aún muy lejos de poder simular insectos”, explica el profesor Rojas, Catedrático del Año 2014 en Alemania, y padre de unos de los prototipos de coche de conducción autónoma más solventes, made in Germany.

Durante las pruebas, este vehículo ha conseguido circular sin dirección humana. Se une su invento a otros proyectos en ciernes, como el coche de Google o Autopía, desarrollando en España por el CSIC, y que ya ha recorrido su vehículo Platero 100 kilómetros por la Comunidad de Madrid sin conductor.

“Se trata de conseguir que las máquinas hagan lo que hacen los humanos sin cavilar, procesamiento inconsciente. Todo lo que se puede expresar en reglas es fácil para la computadora (como el ajedrez), lo que no se puede reducir a reglas es lo difícil, es lo que llamamos intuición”, añade. Resulta más fácil hacer razonar a una máquina que conseguir que juegue al fútbol. Es una paradoja. Estas ‘inteligencias’ ya se mueven como un virus en el magma primordial que le propicia una de las disciplinas con mayor futuro.

Google, Microsoft, Facebook y Apple han iniciado una escalada de compras de empresas tecnológicas del sector (Boston Dynamics, DeepMind, Dark Blue Labs, Titan Aerospace, etc.) y de desarrollo de prototipos. Robótica e inteligencia artificial van cogidas de la mano, como la nueva medicina que estudia distintas partes de un organismo. China ha entrado en la batalla, y Japón lleva la delantera en lo que concierne a humanoides (robots que imitan el cuerpo humano). Están desarrollando máquinas capaces de aprender.

El algoritmo DeepMind aprende solo a jugar a los videojuegos de Atari. Máquinas que parecen razonar y entienden el lenguaje natural. Watson, la IA de IBM, ganó a los mejores concursantes del programa estadounidense Jeopardy, y está ‘aprendiendo’ Medicina. Es capaz de sacar respuestas de varias enciclopedias en segundos siguiendo procesos deductivos. Máquinas que engañan a los humanos con falsas emociones.

En 2014 Eugene Goostman superó el Test de Turing –según el cual, aquella máquina que lo salvara podría ser considerada inteligente– haciéndose pasar por un ucraniano de 13 años. Embaucó al 33% del jurado, pero recibió críticas; vencer en esta prueba no implicó una inteligencia real, sino una hábil estrategia de programación. Máquinas que publican discos y tocan con la prestigiosa London Symphony Orchestra. El ordenador Iamus, desarrollado por el español Francisco J. Vico, es capaz de generar música original… La prensa lo han bautizado como el Mozart-Machine.

Inteligencias y robots todavía torpes, necesitadas de la atención de sus padres que las miman, las guían y enloquecen cuando chocan contra un obstáculo evidente… “Aún tenemos que vigilarlo”, ironiza el matemático Valeri Makarov, de la Universidad Complutense, al referirse a su robot. Este ser deambula por los pasillos de la Facultad cuando los alumnos se han marchado y los trabajadores de la limpieza se cruzan con él. El equipo de Valeri está experimentando una teoría que llaman GPS dinámico. Quiere comprobar si nuestro cerebro sabe en qué lugar del espacio se encuentra utilizando atajos, un sistema similar a la creación de una foto fija, en la que trazar un mapa de posibilidades y decisiones.

“Los algoritmos actuales pueden pensar en un cierto sentido, no son rígidos, han avanzado muchísimo, y son capaces de generar información nueva, no solo aquello con lo que fueron programados”, explica. Buscan desarrollar un robot que se puede mover de un modo natural, como hace un humano que discurre entre una muchedumbre, casi sin pensar. “Para un robot este es un problema complejo”, añade.

¿El fin de la raza humana?

Recientemente, un robot acabó fundido en la central nuclear de Fukushima. Pero el Curiosity sigue enviando información desde Marte, y es capaz de abrir agujeros, y de protegerse en caso de tormenta de polvo, además de analizar el terreno y ambiente por el que se mueve. Carecen estas máquinas de la versatilidad humana y del signo de la auténtica inteligencia: responder de forma novedosa ante situaciones no previstas por el programador. “El problema no es que puedan abrir una puerta o no. El problema es que solo pueden hacerlo con determinadas puertas y condiciones”, explica Monje. Son pruebas aún de ensayo. Lo cual no impide que Amazon ya planee repartir su mercancía mediante drones.

“Tenemos algoritmos capaces de minimizar al máximo el error, e incluso para tareas de manipulación, tú al robot le enseñas como manipular una taza y luego puede llegar a detectar si esta se ha movido, y es capaz de extrapolar esa misma trayectoria hacia su nueva posición. Eso ya denota una cierta inteligencia», dice. Esta primitiva compresión es la que ha puesto en alerta al mundo. Porque tenemos la capacidad de crear armas autónomas. La campaña Stop Killer Robots, lanzada por el Comité Internacional para el control de las armas robóticas (ICRAC), está aunando esfuerzos para lograr la prohibición de esta tecnología antes de que se materialice.

“Las armas autónomas ya no requieren de una tecnología futura”, alega Mark Avrum, miembro del ICRAC y profesor de la Universidad de Carolina del Norte (EE UU). El miedo subyacente no es que una inteligencia artificial tome conciencia y destruya a la raza humana. Asegura que hoy ya podemos crear “robots estúpidos” que maten. Y eso es “suficientemente peligroso”.

“¿Nos destruirán las máquinas?” La voz mecánica del asistente del móvil responde: “Aquí tienes algunas imágenes que coinciden”. Horror, pálpitos, incertidumbre futura programada por el cine espectáculo. Por suerte solo se trata de dibujos animados y en ellas no aparece ningún robot. Lo más parecido en su selección es Stephen Hawking, un físico que habla a través de su inteligente asistente de voz fabricado por Intel.

“El desarrollo de una completa inteligencia artificial podría propiciar el fin de la raza humana”, dijo en una entrevista a la BBC. Filósofos como Nick Bostrom, de Instituto del Futuro de la Humanidad de la Universidad de Oxford, se han unido a esta distopía.

“La IA supone un peligro mayor que el cambio climático”, afirmó. Ambos aseguran no hacer un pronóstico: solo una advertencia. Existe divergencia de opiniones en la comunidad científica acerca de posibilidad e inminencia de una IA que iguale o supere la inteligencia humana. “No sería imposible, en principio. Pero creo que es perder el punto de la discusión. El principal peligro de esta tecnología es la guerra en sí misma. La presión que les dará una mayor autonomía para ejecutar aquellas acciones con las que están programados”, añade Avrum.

Elaborar informes, dar clases, preparar actividades…

Vuelvo a preguntar a mi asistente de voz prehistórico: “¿Te levantarás contra los humanos?”. La primera respuesta me alivia. Una web católica. No mentirás ni levantarás falso testimonio. El Juicio Final sigue en manos de Dios. La segunda es más enigmática. Guerra, definición: “Cada guerra es una destrucción del espíritu humano”. “Debemos pensar cuidadosamente el modo en que emergerá esta tecnología y qué clase de problemas creará. Estamos alertados del peligro e instituciones tan poderosas no desarrollarán sistemas que escapen de su control. Pero existen otras preocupaciones, como el impacto que podrían tener en el empleo y los poderes económicos, o la delegación del cuidado de mayores y niños en los robots”, apunta Avrum. Para el doctor Rojas, los posibles efectos negativos se centran en cómo afectarán al empleo y especialmente en su poder para invadir nuestra privacidad. La estadounidense NSA y otros servicios de Inteligencia ya utilizan IA para monitorizar nuestros datos.

La filial de Airbus en Cádiz, por ejemplo, está probando humanoides en su fábrica. Los científicos se preguntan si podrán hacer lo mismo en el sector servicios. Elaborar informes, preparar actividades, dar clases en la universidad.

Un estudio de la Universidad de Oxford cifra que en los próximos años los robots cubrirán el 47% de los actuales empleos, pero también se crearán nuevos empleos. Ya existen IA que redactan noticias. O asistentes de cirugía muy precisos, como Da Vinci o el español Córdoba. La previsión más inmediata es que todo el transporte va a sufrir una gigantesca revolución entre los próximos diez o 20 años. Para el Reino Unido representa una prioridad, pues aseguran que reducirán atascos y accidentes.

El traductor de idiomas instantáneo tampoco parece demasiado lejano. Hagamos entonces que las máquinas sirvan al bien y no al mal. Usémoslas para el arte, la cultura, el desarrollo genético (ya eligen las mejores moléculas para encontrar nuevos fármacos) o la nanotecnología (enviemos en el futuro micro robots a nuestras arterias para repararlas). Crucemos nuevos horizontes con este poder. Este es el enfoque que ha llevado al experto en IA Francisco J. Vico a crear Iamus en la Universidad de Málaga. Su descubrimiento ha causado impacto.

“Me han acusado de acabar con los músicos. Pero mi objetivo no es quitarle el trabajo a nadie, sino abrir nuevas vías”, asegura. No ha buscado una IA que imite al cerebro humano, sino una computación con inspiración biológica. Un software capaz de componer música, no como un pastiche, o una mezcla de canciones ya existentes, sino como materia prima, composiciones originales, recombinando, evolucionando la melodía a cada paso, hasta conseguir algo nuevo y único. Vico no teme a las máquinas. “Yo les diría a personas como Elon Musk que miraran qué hacen sus gobiernos, y cómo el ser humano está destruyendo vidas y el mismo planeta, y no tanto enfocarse a unas máquinas limitadas y que están bajo nuestro control. Si los drones pueden acabar matando autónomamente, que dejen de fabricar armas, que desarrollen programas compositores”, comenta.

Para Vico el proceso que debería seguir la IA no es el de imitar el cerebro humano, creando redes neuronales artificiales. Esta obsesión nos acompaña desde los años 50, y tiene su plasmación actual en apuestas como la de IBM con Numenta, basada en algoritmos cerebrales que imiten el neocórtex.

Garry Kasparov

“Podemos desarrollar otro tipo de inteligencias”, dice, del mismo modo que existen otras inteligencias en el mundo animal. No necesariamente tienen que ser neurofórmicas. «Hay mucho marketing en intentar copiar al cerebro humano. Cuando Deep Blue ganó a Kasparov por ejemplo, subieron las acciones de IBM, pero en realidad ese avance era previsible por la potencia de las computadoras en el momento», explica. Plantea un ejemplo claro: el día que aprendimos a volar fue cuando empezamos a dejar de imitar el vuelo de los pájaros. Dejar de jugar a ser dioses para hacerlas a nuestra imagen y semejanza.

«Todo este miedo de Hollywood no deja ser una excusa para la endogamia y el antropocentrismo. A mí no me sorprende que una máquina pueda componer música y generar con ello emociones», explica. Cuenta que IAMUS empezó a componer música contemporánea entre 2010 y 2012. Realizaron experimentos con oyentes con conocimientos musicales previos, para ver si podían distinguir su obra de otras compuestas por humanos. «Acertar era como tirar una moneda al aire», dice. Y ello provocó ansiedad en los oyentes. Saber que algo tan poderoso como la música, vinculada a lo espiritual y la emoción, era un producto creativo artificial, despertó un conflicto interno. «De algún modo se sentían dominados por la máquina», dice. Ahora quiere desarrollar su proyecto Melomics, busca encontrar nuevas fronteras para el uso de la música en términos terapéuticos, ya que gracias a IAMUS las melodías son materia prima a nuestra disposición, no es un esfuerzo de creación personal. Existen otras fronteras aún más turbadoras. Cruzar los límites entre la carne y la máquina. Esta es la idea matriz de Bina48, un proyecto que quiere crear máquinas unidas a clones mentales. Traspasar nuestra mente a organismos cibernéticos.

Martine Roth-blatt ha creado un prototipo de robot basado en su esposa, Bina Aspen. Se trata de un busto parlante que imita el rostro, los gestos o incluso el humor de la Bina real. Es un experimento futurista de ‘mindupload’ o transferencia de conciencia (cargar recuerdos, experiencias, datos para crear un análogo de la mente de una persona en un cuerpo mecánico). Quieren demostrar si estas hipótesis, defendidas por las teorías de la singularidad –por las que en un tiempo no muy lejano se producirá una explosión tecnológica que modificará nuestros cuerpos para siempre– son ciertas. Copias de mentes humanas viviendo en cuerpos robóticos. Sí, buscan la inmortalidad, o por lo menos, el eterno recuerdo. Este ámbito de investigación también está siendo desarrollado por empresas como Microsoft. El ingeniero Gordon Bell lleva años volcando su recuerdos, experiencias, fotografías, vídeos, grabaciones de su voz, pensamientos… en un clon mental, dentro del proyecto Mylifebits. Es una idea parecida a la que subyace en le proyecto Lifenaut de Bina48. «Por el momento es aún primitivo, pero Bina48 constituye una de las IA’s más avanzadas en su campo. Puede mantener conversaciones, reconocer rostros, interactuar con el lenguaje humano, realizar expresiones faciales y recordar conversaciones para encuentros futuros», explica Bruce Duncan, director gerente de Fundación Terasem que se encarga de dicho experimento. Asumen que para 2050 podremos usar este tipo de dispositivos como prótesis cerebrales. Máquinas y humanos unidos. Quizás la verdadera frontera y el futuro. Hay dos ideas subyacentes en el campo de las IA. La primera es la que constató Rodney Brooks en su célebre artículo Los elefantes no juegan al ajedrez. Para tener seres inteligentes no es necesario que hagan lo mismo que nosotros. La segunda es que quizás esa inteligencia necesite de un cuerpo para que sea nuestra hermana.

Estamos muy lejos de que tomen conciencia, y con el tipo de maquinas que tenemos ahora es posible que nunca suceda. «Hay quien opina que inteligencia verdadera requiere un cuerpo y sentimientos, para poder confrontar al mundo y aprender de él. Maquinas de metal no lo podrán hacer. Quizás haya en el futuro sistemas bioquímicos mas adaptables, pero eso es pura especulación», apunta el profesor Rojas. «¿Quieren las máquinas parecerse a los seres humanos?», pregunto al asistente del teléfono móvil. Responde con un foro en el que hablan sobre conspiraciones: «Las máquinas han hecho que los humanos dependan de ellas». Alguien delira en la Red. Son los humanos los que seguimos soñando con ovejas eléctricas y no los androides.

Por Javier Rada

Fuente: 20minutos.es

 

 

 

 

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