Berlín quiere ser un jugador de referencia en el tablero político internacional. Pero sus servicios secretos, imprescindibles en este afán, se ven lastrados por infinidad de escándalos y ridículos

Berlín ha decidido erigirse en uno de los jugadores de referencia en el tablero político internacional. Ucrania, Irán y la lucha contra Estado Islámico lo atestiguan. Pero sus servicios secretos, imprescindibles en este afán, se están viendo lastrados por infinidad de escándalos y ridículos, la desconfianza ciudadana hacia su función y la falta de recursos.

Con el tono del pastor luterano que una vez fue y el gesto afable de su rostro, Joachim Gauck resultaba algo fuera de lugar allí. La Conferencia de Seguridad de Múnich de 2014, el cónclave al que algunos llaman el “Davos de la defensa”, plagado de ministros, militares de alto rango y lobbistas de la industria armamentística, no parecía el foro más adecuado para el actual presidente alemán. Ni por su trayectoria personal ni por su papel institucional de referente ético nacional. Y, sin embargo, hizo historia.

Por primera vez desde la reunificación, un presidente de Alemania hablaba alto y claro para instar al país a asumir su responsabilidad en la arena internacional. A sacudirse esa ilusión de tratar de seguir jugando a ser un gigante económico y un enano político. “La República Federal, como buen socio, debe involucrarse antes y de forma más decisiva y sustancial”, comenzó.

Luego entró a matar: “Alemania nunca apoyará una solución puramente militar, sino que se comportará de forma políticamente prudente y probará todas las posibilidades diplomáticas. Pero cuando finalmente se discuta la opción más extrema, una misión del Bundeswehr (el ejército federal), entonces deberá prevalecer lo siguiente: Alemania no debe decir ‘no’ por principio ni ‘sí’ por mero reflejo”.

Por ese mismo foro desfilaron después el ministro de Exteriores, Frank-Walter Steinmeier, y la titular de Defensa, Ursula von der Leyen. El mensaje fue el mismo. Tras la lluvia fina, la canciller Angela Merkel salió a certificar el volantazo: Alemania debía virar ostensiblemente su rumbo y pasar de su habitual “no intervención” (salvo en las guerras de la ex-Yugoslavia) a involucrarse más activamente en la política internacional, tanto diplomática como militarmente. Año y medio después, sus palabras son hechos.

Más allá del surgimiento de Alemania como gran referente político continental por la crisis de la deuda, Berlín no ha dudado desde entonces en involucrarse activamente en los principales charcos del intrincado panorama político internacional. El Gobierno alemán, con la canciller a la cabeza, está jugando un papel crucial en la mediación diplomática entre Ucrania y Rusia.

Además, han dado un salto cualitativo en la historia de su país al autorizar por primera vez un envío de armas a un territorio en conflicto: fusiles de asalto, misiles antitanque, lanzacohetes y ametralladoras “made in Germany” para que los peshmerga kurdos combatan a Estado Islámico (EI). Berlín ha sido asimismo el único país no miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU que ha participado en las negociaciones del acuerdo nuclear con Teherán.

Sin embargo, este rápido viraje está haciendo rechinar la maquinaria de seguridad de Alemania. Los organismos encargados de implementar esta nueva estrategia sobre el terreno, principalmente el ejército y los servicios secretos, han visto de pronto ampliadas sus funciones de forma cualitativa y, si las carencias de la Bundeswehr han sido y son objeto público de controversias y polémicas, la situación de los servicios secretos alemanes es aún más delicada.

Saber o no saber

Los escándalos de trascendencia política, pero también los ridículos más sonados, acompañan a la inteligencia alemana desde hace unos años, algo terrible para una institución que debe aspirar a ser invisible. Los alemanes desayunan desde hace meses con una sucesión de informaciones que ponen en evidencia tanto a la Oficina Federal para la Protección de la Constitución (BfV), que trabaja dentro de las fronteras del país, y al Servicio de Información Federal (BND), con competencias en el extranjero, como a la Oficina para el Contraespionaje Militar (MAD).

La última controversia (y quizá la más grave) amenaza con enfangar a las más altas esferas en Berlín. El semanario Der Spiegel le ha dedicado una de sus últimas portadas al caso y bajo el título de “Traición” puso los retratos de Merkel y uno de sus más fieles escuderos, el ministro del Interior Thomas de Maizière. Varios sectores piden ya, como mínimo, la cabeza de este último y que la canciller comparezca ante una comisión parlamentaria de investigación. La oposición, La Izquierda y Los Verdes, están barajando recurrir a la justicia para conocer la verdad y la fiscalía está estudiando si lanzar una investigación.

El meollo de la cuestión es que el BND habría ayudado a la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) estadounidense a espiar a grandes empresas europeas, como Airbus y Eurocopter, así como a la presidencia francesa, al Gobierno austriaco y a la Comisión Europea (CE), según han publicado estos últimos días el Süddeutsche Zeitung, referente serio del centro-izquierda, y el tabloide Bild, de centro-derecha. Los estadounidenses habrían interceptado sus comunicaciones desde la base del BND en Bad Aibling (sur).

Para colmo, altos cargos de Cancillería estaban al tanto de esta situación, pues el BND informó en al menos dos ocasiones, en 2008 y 2010, a la oficina de la jefa del gobierno sobre este asunto. Entonces era precisamente ministro en Cancillería –y por tanto coordinador de los servicios secretos– De Maizière, el mismo que a principios de abril aseguró como ministro de Interior ante el Bundestag que “no había información alguna” de que la NSA hubiese practicado algún tipo de “espionaje económico” en Alemania.

¿De Maizière no lo sabía? ¿Mintió ante el parlamento o cometió una negligencia al no atender los informes del BND? ¿Y Merkel? ¿No fue informada de un asunto tan sensible o estaba también al corriente? ¿Ignoraban los tejemanejes de la NSA en Alemania o los toleraban? ¿Por qué? Hasta ahora el Ejecutivo ha sido incapaz de dar respuesta coherente a estas preguntas, escudándose en la confidencialidad de la materia, aunque ha reconocido que los servicios de inteligencia del exterior pudieron sufrir algún “déficit técnico y organizativo”.

Con estas últimas revelaciones presentes, cobran totalmente sentido unas declaraciones del exanalista de la NSA Edward Snowden, que dijo que el BND y la NSA se cubrían “con una misma manta”, o sea, que andaban encamados, para explicar lo estrecho de su complicidad pese a que Alemania no está en la alianza de servicios secretos Five Eyes, que incluye, además de a Estados Unidos, a Reino Unido, Australia, Canadá y Nueva Zelanda.

A vueltas con Snowden

La hemeroteca vuelve a dejar a algunos en evidencia con este escándalo, un corolario de las tramas alemanas que evidenciaron las revelaciones de Snowden. Merkel, que entonces descubrió por el experto de la NSA que los Estados Unidos tuvieron durante años pinchado uno de sus teléfonos móviles, llegó a asegurar en octubre de 2013 teatralmente enfadada que “espiar entre amigos no puede ser en absoluto”.

Cuando Snowden levantó la liebre, el verano anterior, primero salieron a la luz los agujeros de seguridad en Alemania. Se difundió rápidamente que la NSA tenía acceso a millones de metadatos de llamadas telefónicas y correos electrónicos dentro del país. A continuación, la bomba: un móvil de la propia canciller, la mujer más influyente de Europa, era espiado desde la Embajada de Estados Unidos en Berlín, enclavada a apenas 700 metros de la Cancillería. La noticia conmocionó al país y desató la indignación de la siempre contenida y pragmática Merkel. El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, aseguró meses después que la alemana ya no tenía que preocuparse más por los “pinchazos”. Al menos durante su mandato.

Poco después, tuvo lugar la detención de un agente doble. En julio de 2014 la policía arrestó a un miembro de los servicios secretos alemanes que durante dos años había filtrado más de doscientos documentos secretos a Estados Unidos. Una semana después cayó otro confidente de Washington infiltrado en el Ministerio de Defensa. En respuesta, Berlín optó por exigir la salida del máximo representante de la CIA en la Embajada de Estados Unidos en Alemania. Pero nadie miró a casa a ver cómo podía haber llegado a ocurrir esto sin que la inteligencia alemana lo hubiese detectado.

Otro de los escándalos que puso en duda la credibilidad entera de los servicios secretos alemanes tuvo lugar en 2011, cuando se descubrió, por casualidad, que nueve asesinatos de extranjeros que las fuerzas de seguridad habían atribuido a ajustes de cuentas entre mafias eran en realidad atentados de una célula ultraderechista llamada Clandestinidad Nacionalsocialista (NSU). El grupo neonazi, compuesto por tres personas conocidas desde antes por la inteligencia alemana, actuó con increíble impunidad durante casi una década ante la desidia de la policía y la BfV. Casi todos los crímenes se realizaron con la misma Ceska 83, pero nadie ató cabos porque nadie cruzó los datos. La comisión del Bundestag que investigó los hechos tildó el papel de las fuerzas de seguridad de “fracaso policial sin precedentes“. Varios altos cargos de los servicios secretos del Interior dimitieron.

El MAD, los servicios secretos adscritos al Ministerio de Defensa, tampoco se libran de los trapos sucios. Una polémica en marcha sobre los problemas de puntería del fusil reglamentario del Bundeswehr (Ejército alemán) y las presiones del fabricante (la alemana Heckler & Koch) a los funcionarios de este departamento han arrojado también dudas sobre su papel, lo que sabían y lo que callaban.

Planos robados y filtraciones (de agua)

Pero los fallos de los servicios secretos alemanes no acaban ahí. Uno de los grandes bochornos recientes tuvo lugar en 2011, cuando el entonces presidente del BND, Ernst Uhrlau, tuvo que reconocer que parte de los planos de la imponente nueva sede en Berlín de este organismo habían sido robados. El edificio para servicios secretos “más moderno de Europa”, en palabras de De Maizière, una obra faraónica de 260.000 metros cuadrados y más de mil millones de euros de inversión, contaba desde que empezaron las obras con un complejo sistema de cámaras de vigilancia, un equipo permanente de seguridad y alardeaba de escanear a diario a los 2.500 obreros que lo estaban levantando.

La guinda de los ridículos en torno a la construcción de este edificio –que aún no ha abierto sus puertas y acumula varios años de retraso– se puso este marzo, cuando se denunció con cierto sonrojo el robo de varios grifos del complejo, aún en construcción. Las sustracciones, por las que nadie ha sido aún arrestado, provocaron una fuga que inundó varios pisos, dando lugar a chanzas en las redes sociales sobre el watergate alemán.

No obstante, no todo son pifias. Sus colegas de otros países les reconocen capacidad, formación y buena información (aunque se desconoce hasta qué punto dependen de los chivatazos de Estados Unidos). Los servicios secretos alemanes, por ejemplo, permitieron recientemente la detención de una pareja de yihadistas en las afueras de Fráncfort que estaban ultimando una bomba casera cargada de esquirlas y clavos. Pensaban explosionarla en cuestión de semanas. Y también ayudaron a desmantelar hace unos días una célula neonazi con presencia en cinco estados federados que aspiraba a atentar contra mezquitas y centros de refugiados.

Fuera de sus fronteras, la inteligencia alemana también ha logrado papeles estelares. Aunque en este tipo de películas nunca hay créditos finales. Una de ellas, según relató el diario Welt, es la de espía alemán especializado en canto de pájaros que fue el encargado de analizar para la inteligencia estadounidense los trinos que se oían de fondo en todos los mensajes de audio y vídeo que protagonizó Osama Bin Laden, objetivo número uno de Estados Unidos durante años. Dar con el tipo de ave podría ser clave para situar geográficamente al ideólogo de los atentados del 11 de septiembre.

Según diversas fuentes nunca confirmadas oficialmente, también los agentes alemanes tuvieron un rol relevante en la liberación en 2011 del soldado judío Gilad Shalit, que permaneció más de cinco años secuestrado por la milicia de Hamás, y en la recopilación de información clave sobre el programa nuclear de Irán, gracias supuestamente a un infiltrado.

Presupuesto y reputación

Algunos expertos apuntan a la falta de presupuesto de los servicios secretos alemanes para justificar sus carencias. Si el BND tiene un presupuesto anual de 536 millones de euros y la BfV, algo más de 200, sólo la NSA estadounidense dispone de unos 10.000 millones anuales. Y la NSA sólo es una de las 17 agencias de inteligencia de Washington, que cuentan con un presupuesto conjunto de más de 62.000 millones de euros.

Esta justa dotación está en cierta manera relacionada, según los entendidos, con el pasado reciente alemán como gigante económico y enano político. Tampoco ayuda la presión ejercida por Merkel para acabar con el déficit público a marchas forzadas y con la proverbial desconfianza del alemán medio frente a los servicios secretos, que los prefiere mínimos y bajo control. Las traumáticas experiencias por los abusos y crímenes de la inteligencia alemana durante el nazismo y la dictadura comunista en la República Democrática (RDA) perviven aún en el imaginario colectivo nacional.

Las incertidumbres geopolíticas actuales, no obstante, requieren lo mejor de los servicios de inteligencia alemanes y exigen cambios. El presidente de la BfV, Hans-Georg Maaßen, explicó en un congreso sobre terrorismo islamista este mes que Alemania se encuentra “en el punto de mira” de los yihadistas de Al Qaeda y Estado Islámico, organizaciones que en su opinión no dudarán en atentar contra su país “si tienen la oportunidad”. Además, alertó sobre la cantidad de advertencias que reciben y su reiteración. Según el Ministerio de Interior, Alemania sufre un “alto riesgo abstracto”.

Por Antonio Martínez

Fuente: elconfidencial.com

Anuncios