Ross Ulbricht tiene 31 años y pasará el resto de su vida en prisión. Y si pudiera resucitar, volvería a ser metido en prisión hasta que muriera por segunda vez, ya que en mayo pasado fue castigado a la mayor pena impuesta hasta ahora por crímenes informáticos: dos cadenas perpetuas consecutivas.

Ulbricht, arrestado en 2013 en una cafetería de San Francisco, fue acusado por el FBI de ser un hacker, pero no uno cualquiera, sino Dread Pirate Roberts, fundador de Silk Road, una página web de ese inframundo virtual llamado Darknet. Este internet paralelo navega clandestinamente en la oscuridad mediante un sistema llamado TOR (The Onion Router), que permite que dos o más paquetes de datos pasen por una serie de routers o puentes virtuales superpuestos —como si fueran capas de cebolla—, lo que imposibilita el rastreo de una IP, que vendría a ser la huella dactilar de cada computadora.

En vez de aprovechar su genio informático para crear programas en el internet convencional, Ulbricht creó Silk Road para un propósito criminal: permitir que vendedores y clientes comercien con drogas on line, y que luego los traficantes puedan lavar dinero en cuentas ocultas en paraísos fiscales, sin que las autoridades detecten el IP y, por tanto, no pueda rastrear desde qué computadoras se realizaron esos negocios ilícitos. Por cada transacción, el hacker se llevaba una comisión de un 10 por ciento en la moneda virtual bitcoin. Al momento de su captura, Ulbricht, que fue descubierto mediante hackers (¿traidores?) al servicio del FBI, llegó a amasar 18 millones de dólares.

Temiendo que se fuera convertir en “chivo expiatorio” y que la justicia estadunidense le aplicase un castigo ejemplar, Ulbricht pidió clemencia a la jueza de Nueva York, Katherine Forrest, para que no le diese una condena de por vida. “Me privarán de mi vida de adulto, pero por favor, déjenme vivir mi vejez en libertad”, imploró. Fue en vano: no volverá a salir vivo de la cárcel.

“Libertad contra tiranía”. Seguramente, la magistrada leyó lo que escribió Dread Pirate Roberts en los foros de discusión de Silk Road y que podríamos definirlo como la misión sagrada de los hackers: “Convertirse en una fuerza considerable que pueda desafiar los poderes que existen y por fin darle a las personas la opción de elegir la libertad sobre la tiranía”.

Esa rebeldía contra la “tiranía de los poderes” fue la que impulsó la creación de la red más temible de hackers en el mundo, Anonymous, un movimiento antisistema que se sincroniza para atacar masivamente páginas de internet de gobiernos, mandatarios o multinacionales, o la que impulsó a tres renombrados hackers, Julian Assange, Chealsea Manning (antes conocido como Bradley) y Edward Snowden, a pasarse a lo que el gobierno de EU llamó “el lado oscuro de la red”.

El primero decidió usar sus habilidades informáticas para crear Wikileaks y ponerlo al servicio de inconformes como el sargento Manning, analista de inteligencia del Pentágono, quien colgó miles de documentos clasificados acerca de los abusos de las tropas de EU en las guerras de Afganistán e Irak. En cuanto a Snowden, su maestría en computación lo llevó a ser reclutado por la NSA (Agencia de Seguridad Nacional) para la recopilación y encriptación de información altamente sensible. Lo que leyó el joven no le gustó y decidió entregarlo a diarios como el británico The Guardian para que todo el mundo supiera que Washington es en realidad el mayor hacker del planeta, y que incluso llegó a hackear celulares de aliados cercanos, como la canciller alemana Ángela Merkel y el presidente mexicano Enrique Peña.

Pero resulta que al gran hackeador no le gusta ser hackeado, y las consecuencias de esta hipocresía la están pagando los que lo intentaron: Assange tuvo que refugiarse en la embajada de Ecuador en Londres, donde lleva más de dos años, y Snowden tuvo que refugiarse en Rusia, donde lleva más de un año. Peor suerte corrió Manning, que fue condenado a 33 años de cárcel en EU.

Piratas sin escrúpulos. Otros hackers no tuvieron quizá ese impulso justiciero universal y violaron códigos éticos de la red para enriquecerse rápidamente, como le pasó a Ulbricht, aunque siempre alegando que luchaban por un internet libre y gratuito. Es el caso del sueco Fredrik Neij, cofundador de la web The Pirate Bay, un sitio de descargas ilegales de películas y videos musicales, que fue liberado a principios de mes, después de ser capturado en noviembre pasado cuando intentaba cruzar de Tailandia a Laos, o el alemán conocido como Kim Dotcom, arrestado en 2012 en Nueva Zelanda por fraude informático a través de su sitio de descargas Megaupload.

Pero las fechorías de estos hackers son juegos de niños comparado con los ejércitos de piratas informáticos que trabajan para gobiernos como el chino, el ruso o el norcoreano.

Ciberguerra. Ayer, el presidente Barack Obama admitió que Estados Unidos, la primera potencia bélica del planeta, arrastra “vulnerabilidades significativas” tanto en los sistemas informáticos del gobierno como en el sector privado, lo que ha permitido que hackers chinos lanzaran un ataque masivo que afectó a cuatro millones de funcionarios estadunidenses, o que la sucursal de entretenimiento de SONY sufriera en la Navidad pasada un ataque desde Pyongyang para impedir que se estrenara la película The Interview, que se burlaba del dictador Kim Jong-un.

“Parte del problema es que tenemos sistemas muy antiguos”, afirmó al subrayar que por eso es “tan importante” que el Congreso apruebe cuanto antes una ley de seguridad cibernética. “Tenemos que ser tan ágiles y agresivos como ellos”, declaró; que es una forma suave de anunciar que el mundo debe prepararse ya para la ciberguerra.

 

Fuente: cronica.com.mx

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