Hacktivismo

El experto en tecnología y fundador del Partido de la Red explica por qué la web está produciendo “una revolución similar a la de la imprenta”. Y cuenta por qué esto transformará al mundo completamente.

“El rol del artista es hacer la revolución irresistible. El del hacker, inevitable”
(Santiago Siri, en Hacktivismo)

Hablar de hackers suele remitir a robo de datos, identidades y contraseñas. Sin embargo, sorprende que el significado de la palabra no tenga, en principio, mucho que ver con esto: “Un hacker es una persona que se vale de sus propias herramientas para entender cómo funcionan los sistemas”, define Santiago Siri. Motivado por esta idea, el fundador del Partido de la Red acaba de lanzar “Hacktivismo”, un libro que apunta a responder cómo es posible“hackear” el sistema político, o dicho de otra manera: ¿cómo pasar de la queja constante y las culpas a la dirigencia política a la transformación de la realidad?

“No se trata de quitarle poder a los políticos, sino de agregarnos responsabilidad a la hora de participar y ejercer nuestros derechos”, explica el experto en tecnología. “Si aplicamos una cultura hacker a entender los sistemas políticos, nos podemos encontrar con enfoques que nos ayuden a transformar la realidad”, agrega. Un ejemplo de esto es DemocracyOS, una plataforma que va en contra de la idea de que la política argentina tiene vicios imposibles de resolver: es una herramienta que permite votar sobre cualquier cosa, desde proyectos de ley en el Congreso a reglas de convivencia de un consorcio (y que ha sido usada en la Legislatura porteña en más de una ocasión).

Con este tipo de cambios, muy resistidos por la política tradicional, Siri asegura que estamos frente a una revolución tan innovadora como la invención de la imprenta. ¿Se sostiene esta idea? En “Hactivismo”, el autor responde algunas de estas preguntas.

– ¿Creés que va a suceder una revolución de carácter necesario? ¿Cuál?

– Yo creo que es una revolución que está sucediendo: no va a suceder o sucedió. A veces no la consideramos como tal porque nos han educado con la idea de que una revolución es agarrar las armas y ocupar el poder a los tiros. Y esas son revoluciones que tienen que ver con el siglo XX, pero no con las armas que tenemos en el siglo XXI que responden al conocimiento, no a la violencia.

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– ¿Qué dimensiones le asignás a esta revolución?

– Es más grande que la revolución industrial, que la de la imprenta, y su impacto está atravesando todos los sectores de la sociedad. Indudablemente la geopolítica del siglo XXI va a estar atravesada por el impacto de la red en la vida cotidiana de todos nosotros. La red llegó a 3 mil millones de personas en el planeta: su nivel de adopción es más rápido que cualquier otra tecnología de la información que se haya visto en la historia y no hay nada que indique que vaya a detenerse.

– ¿Qué sería el “hacktivismo”?

– Implica que como cualquier hacker nos valgamos de nuestras propias herramientas para ejercer nuestra curiosidad y tratar de entender mejor sin que nadie nos dicte qué es lo que tenemos que pensar de qué es la realidad política en la que estamos inmersos. El tema es que a veces para poder entender cómo funciona un sistema es necesario romperlo, porque viendo sus vulnerabilidades uno puede proponer algo superador.

– En el libro hablás de empoderamiento descentralizado. ¿Qué es esto?

– La potencia que tiene la red es tender hacia la descentralización, que es una consecuencia inevitable del impacto de la red en nuestra vida cotidiana y eso conduce a empoderarnos como ciudadanos: no se trata de quitarle poder a los políticos, sino de agregarnos responsabilidad a la hora de participar y ejercer nuestros derechos. Mi sensación es que ideas como DemocracyOS son como Wikipedia: se entienden mucho mejor en la práctica que en la teoría. Wikipedia revirtió nuestra relación con la autoridad y la forma en que aceptamos qué conocimiento es válido o no. Y creo que vamos a ver cada vez más nociones de esa naturaleza impactando en nuestras instituciones.

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– ¿Cómo es que se democratiza el poder con las herramientas digitales si no todos tienen acceso a ellas?

– Uno de los mitos más instalados es que Internet es algo elitista, y hay que romperlo: sólo los ricos creen que Internet es algo de ricos. Si miramos las estadísticas oficiales de la Ciudad de Buenos Aires, el 93 por ciento de los menores de 29 años accede a redes sociales al menos una vez por semana. El 100 por ciento accede a Internet. La baja de costos que implica un teléfono o una computadora que se conecta a internet, sumado a planes como las laptops del Gobierno, redujo la brecha. Existe la brecha digital, sí, pero es mucho más generacional (mis padres no están tan acostumbrados a conectarse a Internet) que socioeconómica: el nivel de acceso en zonas urbanas como la Ciudad de Buenos Aires es pleno. Eso habla del mundo en el que vamos a vivir en 20 años.

– En el libro hablás de “repensar el contrato social” a partir de la red. ¿Cómo sería esto?

– El contrato lo interpreto como una forma primitiva de software porque está vehiculizado por una tecnología de la información anciana como lo es la imprenta. Pero cuando analizás estructuralmente las dos cosas, un contrato tiene términos y cláusulas que operan sobre esos términos y el software tiene variables y funciones que computan sobre esas variables. Creo que las instituciones que vamos a construir en el siglo XXI se van a amparar cada vez más en las formas de código digital. El contrato social que vamos a ver en el siglo XXI, como la imprenta permitió repensar las instituciones e ir de la monarquía a la República, va a generar una transición de la República hacia la red que nos va a sorprender mucho.

– En este sentido, decís en el libro que “la agenda geopolítica del siglo XXI se irá programando, cada vez más, en código digital”. ¿Cómo describirías este cambio de paradigma?

– Pasar de lo impreso a lo digital es tan fuerte como fue pasar de lo oral a la escritura. En el orden de acceso, se abre muchísimo. El tamaño de un país tiene que ver con la capacidad de control que hay desde la capital hacia las fronteras. Esa capacidad de control tiene que ver con los sistemas de información que se usaban entonces: el correo postal y la imprenta. La red no reconoce fronteras y hace a una transformación cultural a escala planetaria. Internet cambió la cultura de la comunicación, pero en 20 o 30 años va a transformar a las instituciones.

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– ¿Cómo ves el futuro del Partido de la Red en Argentina, un país donde lo territorial tiene bastante más peso que lo digital?

– Se cree, erróneamente para mi criterio, que estos cambios van a impactar primero en los países desarrollados y después en los países en desarrollo. Y es exactamente al revés: es primero en países como el nuestro donde impactan. Yo creo que es en los países en desarrollo donde la tecnología cívica va a generar más impacto porque es allí donde está la urgencia. Nosotros estamos viendo que aparecen distintos Partidos de la Red en las provincias: y eso es lo mejor de esta idea, que todos entiendan que no hay propiedad sobre esto, que no hay que pedirle permiso a nadie, sino que es de todos.

– ¿Cómo imaginás una revolución en Argentina?

– Una percepción que tengo a veces de la Argentina es que somos un país de trolls: hay mucho maltrato en nuestra retórica y nuestra forma de vincularnos con el otro. Ese alto grado de desconfianza y cinismo, consecuencia de una degeneración política que viene hace varios años, nos tiene a maltraer. Por eso vemos que muchos argentinos que triunfan lo hacen afuera. Creo que ahí hay un mensaje que tenemos que aprender a oír como sociedad: por qué nuestros referentes están afuera y no adentro. Creo que en Argentina hay que hacer un trabajo cultural muy fuerte para recuperar la confianza, y esto arranca con cada uno hacia el otro, de par a par. Esto es evidente en Argentina, pero ocurre en también en todo el mundo, sólo que acá es más acentuado. Tenemos que demostrar que se puede pensar diferente y que se puede hacer algo al respecto. Las ideas que expresa el libro son fértiles en lugares como la Argentina y otros donde se atraviesan procesos políticos fuertes.

 

Por Juan Brodersen

Fuente: clarin.com

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