Sigiloso en su hendidura en la pared, el escorpión atestigua el fin de los secretos. La razón y el secreto de Estado (derivaciones de la Arcana Imperii romana) rigieron desde el siglo xvi hasta finalizar la guerra fría, pero en la era post-Snowden son insostenibles.

El arácnido ha visto a gobiernos, ejércitos y ciudadanos de todo el mundo rasgarse las vestiduras por la irrefrenable revelación pública de sus secretos mejor guardados. Pero desde la aparición del papel, el libro y la imprenta; de la fotografía, el teléfono y la fotocopia, y desde luego de la computadora, internet, las redes sociales y los smarthpones, la tecnología transgrede siempre la secrecía cultural, financiera y política de las élites.

El fundador de Wikileaks, Julian Assange, permanece encerrado desde junio de 2012 en la embajada de Ecuador en Londres, acusado de presunto abuso sexual y violación por el gobierno sueco. El trasfondo es sabido: Assange reveló (y sigue haciéndolo) secretos militares, políticos y diplomáticos de Estados Unidos y otras naciones; se presupone de ahí la persecución en su contra.

Uno de sus informantes, el ex soldado Bradley Manning (hoy Chelsea Manning, según su ambición transgenérica) fue detenido en 2010, juzgado y condenado a 35 años de prisión. A su vez, el consultor y ex empleado de la cia Edward Snowden hizo públicos, en junio de 2013, documentos probatorios del espionaje realizado por su país a medio mundo; por ello fue acusado de traición y vive refugiado en Rusia.

Como irrefutable paradoja, de ese país huyó en abril pasado Pavel Durov, fundador en 2006 de la mayor red social rusa, VKontakte, y de la mensajería instantánea Telegram, con más de 270 millones de usuarios. Las presiones del Kremlin para obtener información de los suscriptores obligaron a este “Zuckerberg ruso” a dejar Moscú y manejar sus servidores desde distintas ciudades (Roma, Londres, San Francisco).

A este relato se añade el del hackeo al sitio Ashley Madison, la conocida red social estadunidense de relaciones sexuales extramaritales. Los datos de 37 millones de usuarios fueron hechos públicos y se comprobó la existencia de cuentas a nombre de respetables pastores cristianos, conocidos políticos y probos padres de familia.

Camuflado en su resquicio del muro, el escorpión mejor no habla de los ciberataques industriales y financieros de China y Corea del norte. No vaya a ser mal fario…

 

Por Alejandro de la Garza

Fuente: razon.com.mx

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