Hace más de tres años, el 16 de agosto de 2012 para ser preciso, la República de Ecuador tomó la decisión de concederle asilo político al activista Julian Assange, a raíz de los documentos clasificados que publicara el sitio web “Wikileaks”.

Desde el 19 de junio de ese mismo año, Assange se encuentra en la misión diplomática ecuatoriana en Gran Bretaña, sin posibilidad de salida a riesgo de ser detenido.

Ello, su largo arresto condenado por distintas organizaciones como Amnistía Internacional, nos motiva a una serie de preguntas sobre derechos humanos, libertad de expresión y el derecho de acceso a la información.

¿Puede ser absoluta la verdad? ¿Se compromete la capacidad negociadora de un país cuando la diplomacia es conducida de forma abierta? ¿Es válido ocultar información en aras de la seguridad nacional? ¿La razón de estado justifica que, en ciertos casos, se pase por alto a la ley? ¿Operar con total transparencia entorpece y acota las relaciones internacionales?

¿Cuáles deben ser los limitantes a la libertad de expresión? ¿Hasta dónde debe llegar el periodismo de investigación? La prensa funge como contrapeso al poder del estado pero, ¿quién controla el enorme poder de la prensa? ¿Es legítimo derecho del ciudadano el irrestricto acceso a la información? ¿En qué caso ésta debe reservarse a los ojos del público?

Assange -una amalgama de virtudes y defectos propios del periodista, el hacker y el activista- es producto del nuevo orden mundial donde las armas y el ejército no son necesarios para poner de rodillas al enemigo.

Los doscientos cincuenta mil cables que publicara en su tiempo el sitio web WikiLeaks, develando algunos de los secretos diplomáticos mejor escondidos de la Unión Americana, un sinfín de cortilleos y las conversaciones entre diversos personajes y países del orbe, enfurecieron a distintos gobiernos y organismos de inteligencia.

Pero aquí, querido lector, los daños colaterales no fueron vidas humanas ni nadie hizo explotar un misil o invadió el territorio del contrario. Acorde al nuevo siglo donde la revolución se gesta por la vía digital y tecnológica, para golpear distintos intereses bastó con reunir a un reducido grupo de personas versadas en informática, periodismo y hacking; una o varias computadoras, acceso a Internet y comunicación satelital.

Julian Assange, personaje incómodo que es depositario de los secretos de millones, y quien al día de hoy guarda otros tantos en un lugar seguro, ha amenazado con difundirlos si él o su equipo sufren cualquier agresión.

Mientras Gran Bretaña no esté dispuesta a entregarle a Assange el salvoconducto necesario para salir del país y viajar a Ecuador, la estancia de Julian Assange se antoja todavía muy larga, y pone en jaque a los expertos en derecho internacional.

Miles ven en la figura de Assange a una especie de bandera de la libertad de expresión. Es inevitable señalar otros casos similares en la década de los setenta: Mark Felt “Garganta Profunda” -el informante de los incipientes reporteros del Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein- y quien fuera pieza fundamental para resolver el entuerto de Watergate, y Daniel Ellsberg, funcionario del Departamento de Estado norteamericano que a través del periódico The New York Times filtró los célebres “Papeles del Pentágono”.

Ellsberg, Felt, Woodward y Bernstein sobrevivieron al juicio de la historia y hoy son considerados personajes míticos que en su época resultaron esenciales para denunciar los abusos de poder gubernamental. ¿Sucederá lo mismo con Julian Assange?

Dicen que la historia se escribe a largo plazo…

 

Por Patricio de la Fuente

Fuente: elsiglodetorreon.com.mx

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