Ni para acoger ni para defenderse. La Unión Europea no ha sabido (o, peor, no ha querido) coordinarse para hacer frente a sus obligaciones en materia de asilo y ahora ha sido igualmente incapaz de coordinarse para enfrentarse a la amenaza del terrorismo yihadista. Y si  la avalancha de aspirantes a refugiados era algo previsible desde que hace cinco años empezó a desarrollarse la guerra civil en Siria, las amenazas terroristas del yihadismo (bajo unas u otras siglas) vienen recorriendo el mundo desde principios de siglo y, en territorio europeo (en Madrid, concretamente), desde hace doce años.

En todo este tiempo, cada vez que el terrorismo ha teñido de sangre las calles de una ciudad europea (Londres, París, ahora Bruselas…), se han hecho las habituales declaraciones retóricas, que incluyen desde la obvia condena a los asesinos hasta la llamada a la coordinación europea de las fuerzas policiales y de inteligencia para combatir juntos a un enemigo común. La repetición de la llamada ya avisa de que la coordinación deja mucho que desear. Todo ello junto a los despliegues espectaculares de policías y militares patrullando las calles, sin más utilidad que la de intentar transmitir a los ciudadanos la sensación de que se está haciendo algo para protegerlos.

Fallos de coordinación policial los hay incluso dentro de un mismo país, cuanto más entre los diferentes países de la UE, que mantienen su soberanía política formal (otra cosa es su soberanía económica) y además con el añadido de los servicios secretos, tan reacios a compartir información incluso con su propio gobierno, llegado el caso. Las distintas agencias de inteligencia en Estados Unidos tenían casi todas las piezas del 11-S antes de que ocurriese, pero por separado, y nadie pudo ponerlas en relación para deducir lo que podía pasar y tratar de evitarlo.

Por otra parte, nada tan imprevisible como un atentado terrorista, sobre todo si, como suele suceder en estos casos, el terrorista se inmola en la acción. En pocos problemas como este es más claro que no hay varitas mágicas para solucionarlo. Las escasas posibilidades de neutralizarlo pasan por trabajos de infiltración y contrapropaganda a medio y largo plazo, por no hablar de los necesarios esfuerzos de integración de las minorías musulmanas en Europa, otro de esos objetivos repetidos y a los que nunca se dedican los suficientes recursos que permitan salvar los prejuicios de unos (los europeos) y las resistencias de otros (los inmigrantes).

Volvemos a repetir todos los tópicos con ocasión de los atentados de Bruselas del pasado 22 de marzo, desde el ombligo de nuestro eurocentrismo. Inmediatamente antes e inmediatamente después de esos atentados en Bruselas ha habido otros más salvajes y sangrientos, con mucho mayor número de víctimas, en países como Turquía, Irak o Pakistán, que apenas suelen ocupar un minuto en un informativo audiovisual o un par de columnas en un periódico. Según el Índice de Terrorismo Global publicado en noviembre pasado, el 78 por ciento de los 32.658 muertos por terrorismo en 2014 se concentraron en cinco países: Afganistán, Irak, Nigeria, Pakistán y Siria. En ese combate feroz que libran los elementos más fanatizados del fundamentalismo islámico, la inmensa mayoría de las víctimas son musulmanes (como esos millones de sirios que huyen de la muerte). En cierto sentido, Occidente es utilizada como caja de resonancia, para lograr la repercusión internacional que sus matanzas domésticas no consiguen.

Si no fuera por sus consecuencias trágicas, el espectáculo sería hasta ridículo: la incompetencia y la insolidaridad de las autoridades europeas tienen bloqueados entre el barro y las alambradas fronterizas a decenas de miles de fugitivos del terror, mientras son incapaces de controlar y limitar la libertad de movimientos de quienes fabrican ese terror.

 

Por José Antonio Gaciño

Fuente: eldiariofenix.com

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