El escritor sudafricano J. M. Coetzee escribió, a fines de los 90, un libro sobre la censura que tituló en inglés Giving Offense. Sugería Coetzee que en la historia de la humanidad la censura se había desplazado de los temas religiosos hasta los siglos XVII y XVIII, a los morales en el XIX, y finalmente había conformado las ideologías de Estado de los totalitarismos del siglo XX.

La censura bajo el estalinismo, el nazismo o las dictaduras de izquierda o derecha del pasado siglo, en su afán de excluir la ideología intolerable del enemigo, involucraba las religiones, las artes, la moda, la moral pública y, por supuesto, las ideas políticas. No respondía a un código de interdicciones precisas en torno a lo “ofensivo” o lo “infamante” para otra persona, otra asociación civil u otro Estado, sino a la negación de una ideología por otra.

Con el arribo del siglo XXI y la globalización de la democracia y el terror, el internet y las redes sociales, la censura adopta otra modalidad, que Coetzee no llegó a estudiar. No se trata ahora de ideologías excluyentes entre estados, como en la Guerra Fría y casi todo el siglo XX, sino de una disputa más sofisticada y, a la vez, más elemental por la información, que envuelve a los gobiernos pero también, de manera cada vez más protagónica, a las comunidades de la sociedad civil.

Fenómenos como Julian Assange y WikiLeaks, Edward Snowden y el espionaje de la NSA o los Panama Papers nos colocan frente a esa trama de la censura, tan vieja como nueva. El objeto de la censura no es la fe, la idea, el dogma o la creencia, sino simplemente la noticia, el dato, la información básica que documenta un secreto de Estado, los abusos de cualquier empresa o corporación o la corrupción de esta o aquella iglesia, de aquel o este organismo gubernamental o no.

La democratización de la noticia que produce internet obliga a los estados, especialmente a los estados poderosos, a contraponer mecanismos de control de la información que jamás imaginaron los totalitarismos del siglo XX. Sin embargo, esos nuevos dispositivos de control deben operar sin limitar las libertades fundamentales de la ciudadanía nacional o global.

No falta quien se desentienda de esos derechos, como se lee en las últimas declaraciones de Donald Trump contra la libertad de información en internet. El candidato republicano acusa a Apple de “traición” por producir y vender aparatos electrónicos en todo el mundo, contribuyendo con ello a que las fuentes de información se expandan y puedan ser utilizadas por los enemigos de Estados Unidos para disminuir su poder global.

La restrictiva legislación de internet que propone Trump, de llegar a la presidencia, sería la modalidad más plena de la censura en el siglo XXI. El uso de palabras, símbolos, emblemas —y no necesariamente de ideas o valores— se vería sometido a una regulación en la red que, en nombre de la incorrección política, produciría un control de noticias y contenidos inédito en la historia moderna.

 

Por Rafael Rojas

Fuente: razon.com.mx