Los yihadistas abrazaron la barbarie fundamentalista como ninguna otra fuerza

En agosto de 1996, Osama bin Muhammad bin Awad bin Laden le declaró la guerra a Estados Unidos desde una cueva en Tora Bora, Afganistán. La razón que alegó fue la presencia de tropas estadounidenses en Arabia Saudí, cinco años después de que hubiera concluido la guerra del Golfo. “El terror contra vosotros, que lleváis armas en nuestra tierra, es un derecho legítimo y una obligación moral”, dijo en su primera fatwa, que no tuvo ni el poder de llegada ni la atracción de sus futuras comunicaciones pero que ya mostraba una profunda ira hacia Occidente. Para Bin Laden, la presencia de Estados Unidos en la tierra sagrada de Meca y Medina era la última expresión de una cruzada occidental que se mantenía ininterrumpida desde hacía 10 siglos.

Desde principios de los años 1990 en Langley se hablaba de un “príncipe saudí” que financiaba células de radicales del islam con el objetivo de atacar Estados Unidos, según se cuenta en el libro La torre elevada de Lawrence Wright.

La inteligencia estadounidense supo entonces sobre una organización con campos de entrenamiento y células altamente preparadas en Afganistán y en las áreas tribales de Pakistán, que había sido responsable de los atentados en Yemen en 1992 y que buscaba con ahínco armas de destrucción masiva. Al Qaeda (La Base) se extendía por tres continentes y, aun así, no todos tomaban esa amenaza con la misma seriedad.

Cambio de rumbo

Bin Laden había sido uno de los miles que liberaron Afganistán del poder ruso en los años 1980, en lo que se conoció como la primera yihad. Las acepciones originales de la palabra “yihad” en el islam están lejos de su entendimiento popular, que de forma problemática la equipara a una “guerra santa”. La yihad no se consideraba como un deber personal de atacar, sino como una responsabilidad grupal de defender, por el bien de la comunidad. Pero nuevas interpretaciones, que emergieron en las filas de los Hermanos Musulmanes, transformaron el concepto y lo abrieron a definiciones peligrosas.

La victoria en Afganistán había generado un manto de expectativa entre los yihadistas, quienes estaban decididos a extender su lucha en sus estados nacionales. Sadam Husein, entre otros líderes regionales catalogados de “déspotas”, encarnizaba al enemigo “cercano” para los radicales del islam. Sin embargo, el proyecto de Bin Laden en la región naufragó pronto.

Los yihadistas fueron expulsados de Siria, Jordania y Egipto, entre otros países, y encontraron refugio en ciudades como Milán, Madrid, Londres, París y Bruselas. Algunos de esos hombres eran los que aparecerían una década después en los radares de todas las agencias de inteligencia europeas.

Cuando el proyecto regional fracasó, el egipcio Aymán al Zawahirí –actual líder de Al Qaeda– convenció a Bin Laden de realizar un cambio estratégico para mantener viva a la organización, según cuenta Fawaz Gerges en su libro The Far Enemy. Así fue como Bin Laden puso la mira en el “infiel” occidental, es decir: en “el enemigo lejano”.

El legado de Al Qaeda

El impacto de los aviones contra las dos torres gemelas, y su consecuente desplome, ese fatídico 11 de setiembre de 2001 es la imagen que perdurará para la posteridad. Los textos recordarán el hecho como el acto terrorista más sangriento de la época. Pero tan importante como eso es pensar en el ataque como un punto de inflexión determinante de conductas futuras.

Al Qaeda fue una inspiración para todos aquellos musulmanes que percibían injusticia contra sus “hermanos” y cuyo sufrimiento les producía tanta cólera que estaban dispuestos a librar una batalla de características cósmicas. Admiraban la valentía y determinación de los combatientes para entregar cuerpo y alma a la causa. Ante la frustración de su vida europea o estadounidense insatisfecha y un sentimiento de no pertenencia –que generalmente derivó en un conflicto identitario–, algunos integrantes de segundas o terceras generaciones de inmigrantes decidieron que era hora de que Occidente pagara por sus “pecados”.

En principio se unieron a grupos que se reunían en mezquitas o garajes o incluso fueron radicalizados en prisiones. Hasta la destrucción del santuario de Al Qaeda, en Afganistán, a manos del gobierno de George W. Bush, el grupo terrorista privilegiaba la formación de células que tuvieran un contacto exiguo y que pudieran funcionar de forma autónoma. El ejemplo más contundente fue el grupo de Hamburgo, que planificó y ejecutó el atentado en Nueva York bajo la sanción de Bin Laden.

Pero ante la destrucción de los campos de entrenamiento y el avance de los controles sobre las redes terroristas, Al Qaeda cambió su estrategia e hizo un llamado para que cualquier musulmán en cualquier lado utilizara cualquier método para dañar al “infiel”. Así fue como se abrió la brecha para que personas inspiradas por la narrativa yihadista pero sin vínculos formales con una organización decidieran actuar por sus propios medios. Manuales para hacer bombas caseras circulaban en la web, los foros yihadistas se multiplicaron y la maquinaria de propaganda se profesionalizó. La sociedad inglesa se supo víctima de este fenómeno cuando cuatro explosiones en el sistema de transporte londinense mataron a más de 50 personas, el 7 de julio de 2005. Para sorpresa de todos, el trabajo había sido obra de un grupo con pasaportes británicos, lo cual alertaba que ahora la amenaza era casera.

Al Qaeda también fue punta de lanza en lo que refiere a los modos de operación y las tácticas que el terrorismo emplea. Hizo suya la fascinación extendida por utilizar aviones llenos de civiles como armas de ataque.

La evolución del terrorismo ha mostrado que es un fenómeno cíclico. Cada intento de prevenir un atentado da lugar a un “efecto sustitutivo” por parte de las organizaciones terroristas para vencer la nueva barrera de prevención. La nueva forma de actuar genera un efecto asociado: la copia. Habrá quienes vean los beneficios de una forma particular de atacar y querrán imitarlo por cuestiones estratégicas pero también para sentirse emparentados con los progenitores de la maniobra.

Desde que un ataque suicida destruyó la embajada de Irak en Líbano, el 18 de diciembre de 1981, este modus operandi –que se define en función de la muerte segura del perpetrador como parte del éxito de la misión– ha sido adoptado con entusiasmo por varias organizaciones terroristas en contextos diversos. Más aún, desde que el grupo islámico chiita Hezbollah empleó la táctica de forma sistemática y con éxito con los estadounidenses, los franceses y los israelíes en Líbano durante los años 1980, misiones suicidas crearon nuevos desafíos para la comunidad internacional.

El 22 de diciembre de 2001, tres meses después de los atentados en Nueva York, el británico Richard Reid –conocido como el shoe bomber– intentó detonar sin éxito un explosivo en un vuelo de American Airlines entre Miami y París.

Quienes atentaron contra Atocha y la red de trenes de cercanías de Madrid en 2004 también habían sido influenciados por Al Qaeda, y, ante la imposibilidad de usar aviones, escogieron otro medio de transporte.

Los atentados en París en noviembre de 2015 (conocidos como los ataques del Bataclán) buscaron replicar el conjunto de acciones orquestadas que se implementaron en Bombay en 2008. Lo mismo puede decirse de los atentados con armas blancas o estrellando vehículos contra un lugar nutrido de gente, en Jerusalén o en Niza.

Amenaza persistente

En los últimos 25 años el terrorismo alcanzó una globalidad inédita y una llegada masiva que le asegura al perpetrador que cumplirá con parte de su objetivo: transmitir un mensaje. Los ataques se han replicado en todo el mundo desde Buenos Aires a Tokio, desde Bruselas a Bagdad. Iraq y Siria han sufrido como pocos el horror desde que la invasión estadounidense cambió el balance de la región.

La caída del régimen de Husein, el colaboracionismo del sirio Bachar Al Asad con radicales ante el temor de ser el próximo en la lista, y la escisión interna de Al Qaeda posibilitaron que una nueva organización radical se hiciera de territorio en esos dos países y expandiera su mensaje virulento a lo largo y ancho del globo.

El Estado Islámico se sirvió del ejemplo de Al Qaeda y se convirtió en una organización con recursos económicos, materiales y con un poder de convocatoria inédito, provocando la migración yihadista más grande y diversa que el mundo haya visto.

Organizaciones terroristas como Al Qaeda o el Estado Islámico se han encarnado en una lucha de poder con móviles políticos. Para eso han construido una narración funcional a sus propósitos. Un cuento de mil y una noches que retoma la añoranza de la época de oro del islam y se remonta más de 10 siglos atrás para hablar de la necesidad de reconquistar todas las tierras que fueron ocupadas por “los cruzados”, desde el al-Ándalus hasta China. Por eso nada hace pensar que el sangriento juego de poder vaya a ceder en los próximos 25 años.

Esta nota forma parte de la publicación especial de El Observador por sus 25 años.
Fuente: elobservador.com.uy